Es un poblado pequeño de casitas bajas, algunos con tejas rojas y todas con jardines adornando las fachadas. Las veredas angostas con baldosas torcidas se perfuman con las flores de los naranjos plantados frente a cada puerta, dándole nombre a este pueblo “Los Naranjos”. Allí vive Alejo Fuentes, de cuarenta años, solitario, hace veinte que llegó a este lugar olvidado por muchos..
Tiene veinticuatro alumnos desde veinte hasta sesenta años, todos con desesperadas ganas de aprender. Rara vez los vecinos lo llaman por su nombre, todos lo conocen como “El Maestro”. A pesar de su popularidad y del placer que encuentra en su trabajo solidario y comunitario, no se siente completo. Pasa muchas horas despierto pensando en la manera de recompensar su vida.
Una de esas noches, despabilado y aburrido, tirado en la cama con las manos detrás de la nuca, observa la inmensa oscuridad sin estrellas a través de su ventana. Balbucea palabras sueltas y al acomodarlas se sorprende por los párrafos cortos que riman entre sí. Aquellas mismas palabras que encierra en su corazón y que guarda desde la muerte de su esposa aparecen hoy milagrosamente para mostrarle a Alejo los sentimientos profundos que aún siguen en su interior
Como un niño perdido de vez en cuando sueña con poder regresar a su pasado pero al tocar a su puerta sus alumnos cada mañana siente que ya no importa el camino de regreso. Imagina que el recomenzar es privilegio de vivir en el presente ya que el comienzo y el final de las cosas de su vida suceden muy sutilmente, que la luz y la oscuridad aparecen de repente, así como su inspiración para escribir poesía.
El toque particular de interpretar el descubrimiento de las pasiones que lo rodean despierta en sus alumnos el placer en las palabras. La actitud renovada del maestro poeta de este pueblo olvidado, cada mañana los envuelve con sus rimas narrando de manera peculiar sentimientos y vivencias.
Susana Scorpiniti
(31/01/2010)
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