viernes, 5 de febrero de 2010

(20) "La Siesta"





Verano caliente, agua tibia en el mar calmo de la ribera caribeña, golpeando despacito en las paredes de los acantilados que el reflejo del sol teñía de un color naranja intenso contrastando con el verde esmeralda del mar, característico en esa zona en esta época del año. Solo se divisaba a lo lejos un bote blanco, no muy grande, con su nombre en letras doradas “Brisa del Pacífico”, Alvaro único tripulante y propietario, pasaba sus vacaciones pescando, alejado del bullicio de la ciudad de México donde residía y trabajaba.

A pesar de la brisa fresca el sol calentaba sin piedad la cubierta de la embarcación a las dos de la tarde, obligando a Alvaro a apoyar la caña de pescar y lanzarse al agua de cabeza escapando del calor.

Los arrecifes estaban cerca, las plantas que yerguen desde el fondo y las extrañas criaturas que allí viven, siempre le llamaron la atención, es por eso que nunca olvida su cámara acuática, excepto esta vez.

Era buen nadador y siempre se jacta lo mucho que aguanta bajo el agua fotografiando las bellezas de las profundidades pero ese día Alvaro perdió la noción del tiempo, nadando tranquilamente escudriñándolo todo, sin preocuparse por nada y sin notar como a su paso los colores del arrecife iban perdiendo su brillo y oscureciéndose poco a poco.

Al darse cuenta del fenómeno se detuvo y miró a su alrededor y al controlar su reloj entró en pánico al notar que habían pasado seis horas desde la zambullida y aún seguía como si nada en el lecho del mar.

Confundido y desesperado advirtió que no estaba solo, que entre las algas y los corales alguien lo observaba, el agua olía a violetas y su respiración se tornó pausada y tranquila, volteó su cabeza de golpe y la vió; era Carmen, como flor incandescente surgió de repente y en silencio le sonría, era ella, era la misma, la de tantas historias del mar, Carmen “La Virgen de los Acantilados”, “La Diosa del Arrecife”, estaba tan cerca de él que deseaba tocarla, se fue moviendo lentamente hacia ella y estiró su brazo, ya casi llegaba, no podía apartar sus ojos de los de ella eran de fuego y su luz encandilaba hasta el dolor sus pupilas, ya no lo soportaba. Sudoroso y sediento despertó sobresaltado después de dos horas de siesta en medio de la cubierta del bote con su cuerpo y su rostro afiebrados por el abrazante calor, en el mismo lugar desde donde según su gran imaginación había partido hacia las profundidades del mar, elegido entre cientos de navegantes para encontrarse con Carmen y adueñarse del fuego de sus ojos.


Susana Scorpiniti

(28/01/2010)


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