domingo, 29 de agosto de 2010

(32) "Alma peregrina"


Agustín observaba desde arriba como un gigante sin tiempo, mientras saciaba su sed con el agua pura de la eternidad. Joven, casi un niño, un inesperado viaje lo transportó más allá de su historia. Por eso cuando divisó la luz en el fondo de aquel lago oscuro, se atrevió a volar dejando en el camino la mitad de su corazón con los que se quedaron. Seguro que tropezaría con ellos nuevamente para compartir aquellos secretos disfrazados que estuvieron esperando el momento para salir en escena.
Primero dirigió su vuelo hacia hacia la casa al pie de la sierra. Cristina, su madre desconsolada estaba en su cuarto sosteniendo el balón blanco y negro firmado por su estrella favorita, buscando la manera de aliviar tanto dolor.
Hacía un mes de la muerte de Agustín. Era Invierno. Los árboles sin hojas lo anunciaban, también lo hacía el viento soplando los copos de nieve que cubrían de a poco el jardín.
Alrededor de las diez de la mañana, Max, el perro que su hijo había criado de cachorro, ladró sin cesar detrás de la casa llamando la atención de Cristina y obligándola a salir para ver que pasaba.
Con asombro descubrió al pequeño jazmín que Agustín le había regalado y plantado algunos meses antes de su muerte.
Allí estaba el pequeño arbolito, desafiando al frío y a la nieve con sus hojas brillantes y el aroma inconfundible de sus flores preferidas. Las palabras no salían, su corazón se detuvo, sus ojos hablaban por ella. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, como su fueran las caricias de su hijo.
Continuó su camino revoloteando sobre las casas de sus amigos justamente esa tarde de domingo cuando los tres estaban reunidos. Allí pudo comprobar que esos tres muchachos lo acompañarían por siempre.
Recordarán las veces que juntos se equivocaron. Las veces que hacían de todos la derrota de uno, las veces que tuvieron miedo y las veces que se perdonaron.
Por todas esas cosas y al observarlos hoy desde arriba sin haberse ido del todo, reconoce el sentido que sus inseparables compañeros le dieron a su vida.
Por eso antes de continuar su viaje, pensó en despedirse con aquello que los unía. Golpeando la puerta a la misma hora de siempre, sorprende a sus camaradas, quienes al abrirla se encuentran con el reluciente balón blanco y negro en el umbral. El mismo con el que Agustín aparecía cada domingo a las dos de la tarde, dejándoles saber que no estaba dispuesto a ser olvidado.

Susana Sorpiniti
(30/08/2010)

(31) "El negro del Arco Iris"



El valle azul de una vida se muestra en todo su esplendor. Es el Otoño de su quinta década en este mundo de los vivos. Mientras en el arco iris dibujado en lo profundo de su alma, emerge el color negro tratando de opacarlo. Sin embargo, Matilda agradece.

Con los brazos abiertos, como invitando a bailar a los espíritus del cielo, disfruta el aroma de los colores sin preocuparse por nada.
El tiempo no encadena sus sueños. Tampoco le importan sus pecas encendidas por el sol, están acostumbradas a la lucha diaria en la intemperie.
No muchos logran percibir el sonido de las hojas color ocre intenso cayendo de los árboles, son los mismas que de manera desprolija y apurada conquistan la pureza del mediodía. Matilda conoce bien este sonido y todos los secretos del Otoño. Cada hoja viajando en el viento cuenta una historia diferente para ella. Suenan como música en sus oídos cuando el atardecer cubre de rocío la Plaza Central.

La brisa se impaciemta, mientras la oscuridad acaricia lentamente las estrellas, apagando los amarillos ocres y tiñiéndolos de un matiz grisáceo.

Un banco viejo, húmedo y despintado, espera escondido en un rincón. La soledad y la monotonía lo acompañan en silencio. Disimula mensajes ocultos, que ni el llanto de la niebla logra decifrar.
Matilda llega después de su recorrida canturreando los compases del crepúsculo. Cansada se acerca al viejo banco, un amigo inseparable de tertulias de luna, que espera ansioso y sin tiempo para participar de sus locas fantasías.
Una manta verde a cuadros, cubre su carrito destartalado. Toda clase de elementos, esencias, sonidos y colores asoman a través de los años. Ella misma se encargó de atesorarlos, asignándoles a cada uno equitativo valor como si fueran eslabones de su propia vida.
Con la justa armonía en su corazón y untada con el bálsamo de la noche, Matilda se acomoda en el viejo banco debajo de la manta verde a cuadros. lista para emprender el camino de los sueños, convencida que al despertar, el sol volverá a sorprenderla brillando en el cristal de todas las ventanas.

Susana Scorpiniti
(30/08/2010)