jueves, 28 de enero de 2010

(16) "Mireya Cortez"


Era costumbre de Mireya despertar bien temprano. Una de esas mañana sentada frente a una taza de café, comenzó a hacer balance de todo lo vivido. A los cuarenta y cinco, desde su humildad, se sintia embriagada por la fama. Expertos y fanáticos de toda Europa fueron atrapados por la obra del artista.
Su trabajo era impecable, su vida un misterio. Por alguna razóm nunca dejó ver su rostro. Se sabía de ella a través de los escritos que acompañaba a cada uno de sus trabajos publicados por la Galería de Arte donde se exponían.

Mireya Cortez enviudó joven. Sola y sin familia para compartir su dolor decidió mudarse a la pequeña casa al pie de Los Alpes, herencia de sus padres, donde pasó su niñez y adolescencia.
Al notar que la soledad la iba absorbiendo, sientió la necesidad de quedarse con los buenos recuerdos de su juventud y cuando el otoño llegue, destinar un lugar espacioso en su corazón para atesorarlos.

Y el Otoño llegó finalmente a la vida de Mireya. La encontró con su piel dorada por el sol y azul cielo en la mirada,
Corría varios kilómetros diarios observándolo todo para pasar el resto del día soñando en su atelier. "Viajera sin Boleto", así firmaba sus obras. Sus cuadros tenían grandes dimensiones, lucían como invitación a cada lugar que construía, para contemplar un amanecer y la caída del sol con un solo golpe de vista.
Mireya nunca se alejaba más allá de lo que podía ver desde la ventana de su refugio. Una vez a la semana venían los proveedores a dejar lo necesario.
Se podría pensar que su vida era monótona pero estaba satisfecha con su elección y el hecho de recorrer sin maletas ese mundo de ensueño sin detenerse, la motivaba aún más.

Sus obras no tenían título. Su imaginación era envidiable. Capaz de sentir el viento soplando desde el océano en su rostro, el agua de los arroyos refrescando sus pies y hasta gotas pequeñas de lluvia humedeciendo su pelo negro en una tarde de invierno. La Galería de arte que las exponía estaba en un bohemio barrio del norte de Barcelona. Era famosa en Europa por la gran bulla de aficionados que se reunían cada verano para visitarlas y poder conocer personalmente a los Maestros de la Pintura.
Mireya Cortez era conocida en reuniones como
"La dama sin rostro", sus trabajos eran exhibidos en un recinto aparte donde la inauguración era esperada ansiosamente por curiosos y coleccionistas que venían de todas partes a presenciar la muestra. Una multitud esperaba impaciente hasta la hora en que se abrieran las puertas después de las cinco de la tarde. Solo entonces podrían tener el privilegio de ver el mundo como ella lo veía. A cambio Mireya decidió compartir con todos aquellos que la fascicación por el Arte los llevara a sentir el placer que da el silencio.

Susana Scorpiniti
(31/01/2010)

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