domingo, 19 de junio de 2011

(34) Su nombre es Mar...


El ruido inconfundible de su ir y venir como niño inquieto, la furia de un huracán, los fuertes vientos de invierno y también su calma, acompañan al mar en todo su esplendor.
Con toda clase de sensaciones le hace saber a todo aquel intrépido que al dejarse besar por él, quedará atrapado inexorablemente por un hechizo insaciable de placer.
Un penetrante olor en las noches oscuras, olas golpeteando en las rocas haciendo escuchar su lamento, son las artimanias que utiliza para seducir. Por eso junto a él nacen y se enriquecen historias de amor en largas poesías.
Desde siempre estuvo ahí como un enorme refugio donde las sirenas se menean con la melodía de sus sueños. Mientras con un romántico ronroneo, va sobornando de a poco a los corazones temblorosos que encuentra a su paso. O bien atormentando a espíritus perdidos que por alguna razón deciden cubrirse con su manto de oscuridad en vez de confiarle sus amargos secretos.
Mi amigo Santiago me escribió unas cartas hablándome del Mar. Muchacho de ciudad, solitario y aventurero. De esos que lloran con gritos de silencio enormes lágrimas secas. Cansado de fracasar en varios intentos emprendió un viaje.
Llegando a las costas de Santa Bárbara se encontró con su grandeza. El intenso azul, el penetrante olor, la calma y aquel canto inconfundible cautivo su alma.
Fue sorprendido en la playa muchs veces por la luz de la luna o por la espuma blanca toqueteando sus pies sobre la arena tibia.
Sentía desde su interior que el Señor estaba ahí nomás y que la búsqueda incesante lo había llevado a encontrarse con su compañía.
Muchos Santiagos solos y soñadores recorriendo senderos sin rumbos , aferrándose a melodías desafinadas esperan ansiosos su oportunidad.El mío encontró la suya reflejada en el intenso azul del Mar.

Susana Scorpiniti
(19/06/2011)

(33) El brillo del ocaso


La existencia de Aldo no había sido muy prolija, pasó por dos relaciones tormentosas y hoy no tiene trabajo regular. Las huellas de la soledad en su rostro y la dejadez en su aspecto de incorregible bohemio, lo hicieron querible a los ojos de todos aquellos que conocieron su historia.

Nunca imaginó el cambio que daría su vida esa tarde. Al pasar distraído por la biblioteca de la avenida principal, tropieza atolondradamente con una mujer cargada de libros que se desparramaron por la vereda.
Luego de varias disculpas Aldo recoge los libros y al levantarse queda sorprendido ante los ojos de Cecilia, su primer amor de adolescente catorce años mayor que él.
De manera imprevista y confundido con la paz de su mirada recorre su interior sin pedir permiso, sin prisa y sin pausa y sin buscar tampoco grandes secretos, solo poner algo de esperanza al paso del tiempo.
Cecilia no vive sola. Esta condicionada a una estructura familiar desde hace varios años. Hasta ese día sus tardes fueron muy parecidas. Tratando en lo posible de engrandecer los espacios con pequeñas alegrías y luchando incansablemente para que la música de su corazón nunca la abandone.
Pasa en la biblioteca del barrio varias horas a la semana, alimentando su espíritu leyendo novelas de mujeres exitosas que le recomiendan los empleados del lugar.
Como antorcha iluminando el camino de la adversidad, esa tarde, Aldo aparece nuevamente en su vida poniendo juventud a los recuerdos. Los mismos recuerdos que la acompañan en los momentos de silencio y soledad.
Después de charlar un rato quedan en encontrarse un día y nutrir con palabras todo aquello que el olvido nopudo arrebatarles.

El parque detrás de la escuela donde Aldo concurría y donde Cecilia trabajaba de bibliotecaria, en aquellos años, lucía diferente. Había sido remodelado completamente pero todavía guardaba en los troncos de sus árboles los nombres y corazones de todas las historias de amores adolescentes que allí se juraron. No existe registro de aquello que hubo entre Aldo y Cecilia grabado en esos troncos, tampoco se habían jurado amor eterno, solo vivieron como torbellino el deseo incontenible que los atrapó.
Esa tarde con asombro volvieron a mirarse a los ojos hasta lo escondido, descubriendo el segundo acto de esta historia más allá del adiós.

Susana Scorpiniti
(19/06/2011)