
Violeta partió una mañana a la salida del sol. Creyó haber dejado atrás angustias, una tragedia familiar que no daba tregua a su corazón y una madre.
Viajó muchos kilómetros parando en todos los poblados.Buscaba el lugar exacto donde empezar su nueva historia. No andaba sola, en la mochila, siguiéndola de cerca, se escondía su pasado. Llevaba a cuestas el abandono de su padre quien desapareció una mañana sin dejar rastro después de la muerte de su hermano mayor, ahogado en el arroyo un desventurado verano. Su madre comenzó a deambular en silencio por la casa, un silencio desgarrador donde refugió su dolor.
En ese entorno la niña iba creciendo abrazada a una muñeca vieja, en un columpio oxidado, imaginándose el mundo.
Una de esas tardes después de cenar salió al porch. y escucho por primera vez a su vecino tocar el violín. Al cabo de un tiempo estos pequeños ratos se tornaron indispensables en la vida sencilla de la niña, quien seguía tarareando la misma melodía hasta subir a su cuarto y quedarse dormida, contaba su madre sorprendida.
Don Carlos, el vecino, no perdió mucho tiempo y en el cumpleaños siguiente le obsequió un violín, que mandó a grabar con su nombre y la promesa de ayudarla con las clases cada semana.
Durante dos años, ambos se sentaban en el jardín y disfrutaban de la música, hasta que una tarde Violeta quedó esperando. El maestro no llegó.
Al día siguiente, salió a caminar por el área comercial de la zona. Miraron muchas vidrieras pero una casa de compraventas les llamó la atención por los curiosos artículos que allí vendían.
Arnaldo, el vendedir, era amigo de Don Carlos, de hecho fue quien le vendió el violín grabado, por eso la saludó amablemente y le contó que su maestro se había accidentado y debía estar hospitalizado varias semanas.
Cuando el vecino volvió a su casa, la niña fue a visitarlo. Al entrar se encontró con el dueño de la propiedad discutiendo acaloradamente con Don Carlos, pidiéndole los tres meses de alquiler que le adeudaba, caso contrario sería desalojado.
Violeta volvió a su casa muy preocupada, pensando que su maestro tendría mudarse por no poder pagar. Una de esas tardes, al regresar de la escuela, enfundó en violín y se dirigió al local de compraventas, y sin dudarlo le preguntó a Arnaldo si le compraba el violín, además le dijo que el dinero sería para un amigo en parietos a punto de ser desalojado. Después de escuchar la historia completa, el hombre se lo compró por quinientos pesos. Pensando que así quedarían solucionados los problemas financieros del maestro, corrió a entregárselos. Mientras tanto, Arnaldo llamó a Don Carlos y le contó sobre la visita de niña.
Varias semanas pasaron desde aquel desafortunado episodio que dejó a Violeta sin su violín.
Era s-abado y llovía, cuando un mensajero tocó a su puerta, preguntó por ella, y le dejó una caja sin remitente. Al abrirla, sus ojos de iluminaron, el violín estaba adentro.
La lluvia cesó y por la tarde todo lo que vivía en el jardín, volvió a palpitar, lo mismo hizo el corazón de su maestro, quien apoyado en la ligustrina que dividía los dos patios, escuchaba atento.
Hoy con veinticinco años, Violeta se sentía segura, ya podía dirigir sola el concierto de todos sus recuerdos. Don Carlos siempre se mantuvo cerca de su obra mejor valuada, mientras la tierna melodía de un violín, acariciaba sin pausa los sueños de una niña.
Susana Scorpiniti
(01/10/2011)