sábado, 11 de febrero de 2012

( 48) " Poemas y Canciones"












Simplemente Día a Día


Cierro mis ojos

Y te imagino
Tierna, dulce pero fatal,
Tengo marcado como si a fuego,
Los pocos besos de una pasión.
Todo de golpe e improvisado
Pero empujado por la locura
Que se nos dió
Quien juzgaría
Si con el tiempo y la distancia
Nos damos cuenta
Que esto fue amor.

Como una estrella de luz,
vos llegaste a mi vida.
Cuando percibí tu calor,
Ya llegó mi partida.
¿Será mi destino así,
nada a tiempo en esta vida?
¿Será la cruz que yo llevo,
encontrarte en mi partida?
Me voy con la gran duda,
preguntandome a cada paso
¿Habrás sido vos la mujer de mi vida?
Como una estrella surgiste
En la nube gris de mi vida.
Despertaste cosas en mi,
Que hacía tiempo estaban dormidas.
Dale sentido a esto,
Acompañame mientras estoy,
Vivamos profundamente
Esto que se tituló
Simplemente, Día a Día.

Autor (Identidad Reservada)
(setiembre/2000)

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POR PRIMERA VEZ
La tarde se iluminó
solamente para mí
llegaste solo a mi vida
simplemente porque sí.

Y la inquietud otra vez
resuena a mi alrededor
cargada está de esperanza
como un prado en su verdor.

El tiemnpo que espera ansioso
se detuvo en tu sonrisa
la que me cambió las tardes
y supo entibiar la brisa.

Torbellino de pasiones
me fue envolviendo de a poco
enloqueciendo mis sueños
para cambiarlos del todo.

Siempre creí que en mi vida
inadvertido pasó el amor
pero esa tarde en tus ojos
me di cuenta de mi error.

Por primera vez lo siento
Dios sabe que pasará
Yo solo quiero decirte
que en mi alma quedarás.
Susana Scorpiniti
(09/07/2000)

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MAS DE MÍ PARA TÍ
De mi alma te he hablado mucho
de mi espíritu también,
solo me faltó contarte
mis anhelos de mujer.

Siempre soñe con dejar
una luz en el camino
para iluminar las noches
y acomodar el destino.

Me gustaría traducir
la mirada de los niños,
de los ricos y los pobres
y poder darles alivio.

En la mitad de la vida
la brisa llama al tornado
gracias a la poesía
sobrevivo a mi pasado.
Susana Scorpiniti
(04/12/1999)
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POR SI NO LO SABES
Siempre anduve por la vida
como ave silenciosa,
saboreando sin sabor
aunque pecara de ansiosa.

Siempre supe sonreír
y llorar muy para dentro
solo aquellos que están cerca
comparten el sentimiento.

No estoy cerca de la envidia
ni tampoco del desden,
soy capaz de acompañarte
aunque no me quieras bien.

Quizás no me quieras bien
porque tu no me conoces,
platica un rato conmigo
y olvidarás tus reproches.

Aunque supe sonreír
la palabra me faltaba,
por eso más de una vez
no logré ser recordada.

Después de tanto silencio
la ola me despertó,
grité desde donde estaba
pero nadie me escuchó.

Entonces grité más fuerte
y un eco me contestó,
corazón te equivocaste
hoy no hay tiempo para voz.

Esa es la clave me dije
el tiempo que nadie da,
el tiempo de compañía
que nadie quiere gastar.

Por eso si eres mi amigo
siéntete un afortunado,
para alegrías o penas
hoy, me quedaré a tu lado.
Susana Scorpiniti
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SERENA CAMINATA (a mi Madre)
Existe solo un camino
que conduce a la colina,
quizás tropieces con rosas
o te sorprendan espinas.

Escogiendo cuidadosa
probablemente lo encuentres,
si equivocas el camino
siempre estaré yo pendiente.

Los rumbos para seguir
están en tu corazón
solo déjalo latir
y alístate en el timón.

Empezar la travesía
aventura a mar adentro,
no voltees ni una vez
aunque fuerte sople el viento.

Con mis ojos tu verás
adelante el horizonte,
divisarás la esperanza
y descansarás la noche.

Si cuando estirás tu mano
no puedes tocar la mía,
sube segura, no temas
me encontrarás en la cima.

Desde el mar y la montaña
verás siempre el horizonte,
con un beso te prometo
que soñarás esta noche.
Susana Scorpiniti




APOYATE EN MI


Apoya sobre mi hombro
tu cabellera de espuma
y deja que adivine
de que color es la bruma
con que recubres tu alma
por no dejarla desnuda
a solas de madrugada
alucinada de luna.

Apoya sobre mi hombro
tus sueños y tus quimeras
para templar a mis deseos
al fuego de tus hogueras
las que te encienden tus ojos
para que quemes en ellas
las sensaciones que abren
senderos en tus ojeras.

Apóyate, apóyate en mí
que te llevaré
adonde quieras ir.

Apóyate, apóyate en mí
y acompáñame
vamos a vivir.

Apoya sobre mi hombro
si por acaso tuvieres
alguna duda lejana
que se halla vuelto rebelde
de tanto andar en puntillas
hurgando por mis quereres
que dudo yo que haya dudas
en tus soleados andenes.

Apoya sobre mi hombro
la soledad y el hastío
que te provoca la gente
que ve desde el graderío
tergiversando las cosas
llamando lluvia al rocío
y a un gran amor amorío

Apóyate, apóyate en mí
que llevaré
adonde quieras ir.

Apóyate, apóyate en mí
y acompáñame
vamos a vivir.

Apoya sobre mi hombro
la fiesta de tu alegría
cuando te abarca ese tiempo
de caminar distendida
por las aceras del aire,
sonorizando la brisa
con las campanas del viento
de tu inefable sonrisa.

Apoya sobre mi hombro
la esencia de tu esperanza
no olvides que soy un mago
tengo chistera y templanza
y puedo hacer maravilla
con mi varita de plata
si vienes conmigo
allá, por donde yo vaya.

Apóyate, apóyate en mi
que te llevaré
adonde quieras ir.

Apóyate, apóyate en mí
y acompáñame
vamos a vivir.

Alberto Cortez
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Entre Vos, Yo y el Cielo

Me visitas de noche en mis sueños,
vienes a mí, me abrazas, me despuerto,
donde estás que ya no puedo verte?
pero sigues conmigo eternamente.
A veces necesito tus palabras,
pero no puedo hablar con los recuerdos,
se me deshace toda la esperanza,
y no puedo entender tanta distancia.

Sabes que te extraño...
A veces me parece oir tu risa,
dicen que en el cielo
uno es feliz, no existe la tristeza
pienso en vos y miro las estrellas.

Dejame que me quede en este día,
suspendido en el aire de tu aroma
Que la vida me huele a hoja seca
y es más duro el invierno con tu ausencia.
Llevame un solo instante a tu presencia
que tu ausencia me duele intensidades
Quien hubiera pensado que te fueras
cuando tu vida en flor era una fiesta?

Sabes que te extraño...
A veces me parece oír tu risa
Dicen que en el cielo,
uno es feliz no existe la tristeza,
Pienso en vos y miro las estrellas

Omar Roldán
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(47) Solo entre las hojas


Recostado en la vereda gris y barrosa, sentía como mi cuerpo se iba enfriando lentamente. El viento soplaba haciendo que las hojas de los árboles cayeran a mi alrededor. Malevo, sentado a mi lado me lamía, entendía lo que pasaba, sabía que ese había sido nuestro último paseo. Y allí estaba Laura, parada frente a mí, con su piel blanca brillando a la luz de la luna. Sus ojos negros enrojecidos a punto de estallar por el llanto. Su mano aún temblorosa, sostenía todavía el cuchillo manchado de sangre y odio con el que desgarró mis entrañas.
Súbitamente sentí como mi corazón se detuvo. No podía culparla, los celos y mi abandono, la condujeron sigilosamente a la locura, había quedado atrapada entre mis noches de juerga y mi vida escandalosa.
Y aunque mi cuerpo yacía inerte como parte de la tierra misma, mi alma seguía palpitando, marcando los compases de mi música inconfundible. La misma música que entre rock y tango, inundó de estrellas y llenó de espinas el corazón de la pequeña Laura.

Repentinamente las luces de un nuevo escenario, se encendieron. Empecé a andar el camino sin saber hacia adonde conducía. Ya no oía los aplausos, ya no estaban mis amigos, ni llevaba mi guitarra. Solo escuchaba mi música que por alguna razón, todavía, seguía sonando

Susana Scorpiniti
(25/09/2011)

lunes, 10 de octubre de 2011

(46) Mientras mis ramas te cantan...

Ay muchacho, si supieras por un instante como disfruto de tu compañía!. Ansioso, en silencio, te observo. Trabajas afanosamente las tres horas que dura tu jornada a puro rastrillo y pala, levantando hasta la última hoja que los cochinos plátanos desparraman por la plaza. Se que después te sientes cansado, te sientes sediento, por eso te espero. Y es en ese mágico momento cuando vienes a mi encuentro. Y si el viento ayuda, agito mis ramas y muevo mis hojas, es mi manera de pedir que te acuestes a mi lado. Que saques de tu bolsa el libro pequeño que tanto nos gusta y que leamos juntos "El árbol y el niño", esa poesía que a los dos deleita.
Y al cabo de un rato te quedas dormido, mientras mis ramas te cantan y mi viejo cuerpo te acuna.
Y cuando llegue el momento para despertarte, dejaré caer la flor más roja que tenga en mi cabellera, como el mejor de mis regalos sobre aquel libro pequeño.
Se que una novia te espera, que se llama Carla y que guardas su foto en tu bolsillo derecho.
Vete ya muchacho, está anocheciendo y un amor te acecha. Yo en cambio, me quedaré solo, en medio de esta plaza, llorando mi pena.
Por ese cartel que llevas en el pecho, se que te llamas Eusebio, a mi no me dieron cartel, todos por aquí me llaman Ceibo.

Susana Scorpiniti
(07/10/2011)

domingo, 9 de octubre de 2011

(45 ) Sin sospecha


Volvía a la vecindad después de un tiempo. La encontró cambiada casi irreconocible. En el camino se vio tentada por un bar paquete; se dio cuenta que era la misma esquina donde Don Carlos tenía la zapatería. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas y pidió un café. Después de estar mirando un rato a través del vidrio, vio pasar a Ana, su maetra de cuarto grado. La recordaba alta y con pelo oscuro, se entristeció al reconocerla detrás de las canas. Encorvada parecía más pequeña.
Al rato pasó Carmelo, el dueño de la despensa donde su tía Irene compraba con libreta. Le llamó la atención su gran panza; nadie diría hoy que había sido reconocido en el club del barrio como campeón zonal de natación. Era un pueblo chico pero no todos habian tomado la decisión de marcharse igual que su familia, como Manuel, quien también estaba sentado en el bar. Había llegado antes que ella, y a pesar de haber sido amigos cuando era chicos, hoy no se animaba a acercarse. Un secreto los unía desde hacía largo tiempo: Rodolfo Ferreyra. El gordo Ferreyra aparecía una y otra vez en lops sueños de ambos como en extrañas pesadillas.
Los padres de Amelia, optaron por poner espacio a lo sucedido, yéndose del pueblo, sin imaginarse la historia completa.
Sucedió una tarde, cuando ella salía de la escuela. Pasó primero por la biblioteca y ya no alcanzó al grupo de compañeros que solían volver por camino del arroyo, entre ellos Manuel. Rodolfo vivía con su padre en una de las cabañas para leñadores, en las inmediaciones. Tenía quince años, era ermitaño, no salía con los otros adolescentes del pueblo y faltaba seguido a la escuela. Su padre era comerciante, gruñón, de mal genio y ese día estaba ausente por negocios.
Solo y aburrido en la casa, comenzó a beber mientras miraba televisión. Al terminar el programa, alrededor de las tres de la tarde, algo mareado, salió hablando solo y a los tumbos caminó a la deriva internándose en el área boscosa que rodeaba el pueblo. Sorpresivamente, por el sendero que llevaba al arroyo, se tropieza con Amelia, quien amablemente le sonrió. Lejos de reconocerla y fuera de si por la bebida, empezó a agraviarla con palabras groseras que la sorprendieron.
Asustada por la actitud agresiva del muchacho, gritó fuerte pidiendo ayuda y al segundo intento, fue silenciada por Rodolfo quien de una bofetada la tiró al piso.
Manuel también se había demorado ese día despues de clase en el gimnasio. Regresando a su casa por el sendero de siempre, escuchó los gritos. Se apresuró para ver que pasaba; al ver a Amelia tirada en el piso y a Rodolfo trtando de golpearla, recogió una enorme piedra que encontró entre los arbustos y de una corrida consiguió arrojársela en la cabeza derribándolo del primer golpe.
Rápidamente ayudo a su amiga a incorprarse, mientras observaba a Rodolfo inmóvil en el suelo.
Acordaron entre los dos acomodarlo debajo de un árbol. Tiempo atrás Manuel había hecho un curso de Primeros Auxilios, por eso supo enseguida que Rodolfo estaba muerto a causa de la certera pedrada.
Desorientados, pensando en las consecuencias, solo atinaron en correr y correr sin mirar hacia atrás. El cuerpo fue encontrado por su padre días después, a pesar de las investigaciones, el caso nunca fue resuelto.
La depresión de Amelia fue el detonante para que sus padres se mudaran, aunque nunca supieron que la provocó. Manuel se quedó en el pueblo. Don Carlos sepultó solo a su hijo y nunca más se supo de él.
Después de un rato, Manuel se animó a acercarse y parado frente a ella le sonrió. Luego de un par de cafés, salieron a caminar y llegaron al bosque. El lugar se veía diferente. Un cerca blanco con flores cuidadas, rodeaba una tumba, la de Rodolfo. Estuvieron algunos minutos callados tratando de silenciar el lamento de sus almas por tan oscuro recuerdo. Una voz ronca saliendo del bosque, los sorprende_ Son los primeros que visitan su tumba!_¿Acaso conocían a mi hijo? Preguntó el anciano.

Susana Scorpiniti
(01/09/2011)

(44) Hola Martina !


Cuando recibas mi carta estaré lejos. Decido escribirte inspirado en el insólito sentimiento que undía avivaste en mi, tan diferente que casi olvido la realidad de mi existencia. La misma que brota y se oculta frente a ti en cada noche desde hace un año.
Tu pasión incondicional y tu dedicación por las cosas que dan sentido a mi vida, interfirieron, dejando asomar mi ingratitud y mi egoismo como alternativa, para mantenerme alejado del miedo, al quedarme solo.
Hoy, en este cuarto de hotel recordándote, y mirándome al espejo, puedo ver que mi vida va perdiendo brillo por el desgaste de la culpa.
Con inusitada cobardía, construyo día a día, esta estraña emoción que me ayuda a conservar tu compañía.
Pero tu desmedida amistad sin condiciones, ha sobrepasado mis expectativas y no puedo seguir engañándote. Soy gay Martina, soy gay. Ya no volveré a enloquecer contigo en ninguna otra noche de lujuria insatisfecha, aunque por ello me condene eternamente a vivir en soledad.
Tu amigo por siempre,
Gaby

Susana Scorpiniti
(10/10/2011)

(43) Manos tibias


Juana no podía soportar la vergüenza, La batahola frente a su casa preguntando por su hija terminó con su paciencia. Por eso al cumplir Yesenia dieciocho años y aprovechando la beca que había ganado la envió a estudiar a la ciudad.
La muchacha no perdió tiempo. Al llegar, después de inscribirse en la escuela, buscó a su tía Gloria, hermana mayor de Juana, quien vivía en uno de los suburbios.
La confianza entre las dos creció rápidamente, por eso en una de tantas tardes que pasaban juntas, Yesenia le contó los motivos que la alejaron del pueblo y de su madre.
Le describió de sus extrañas sensaciones al estar próxima a una persona enferma. También le relató cuando fue sorprendida por ese calor en las palmas de sus manos. Ocurrió por primera vez en el fondo de su casa, cuando ella cumplía siete años, jugando con su amiga Sara, quien al trepar a uno de los árboles, resbaló y cayó, quedando inconciente por el golpe en la cabeza. Al verla tendida en el césped, asustada llamó a su madre. Cuando Juana se acercó, la vió con las dos manos posadas en la frente de su amiga. Yesenia le dijo además a su tía, que estuvo arrodillada por algunos minutos hasta que Sara abrió los ojos y que al mirarle la cabeza, se dió cuenta que milagrosamente la herida había sanado, agregando que después de ese episodio, sus manos tibias se hicieron más populares de lo esperado. La casa era visitada por el vecindario, bastante seguido.
La tía Gloria escuchaba la historia atentamente, cada tanto sonreía sin sorprenderse demasiado, ella tenía su propia historia y era similar a la de su sobrina, pensó entonces que era un buen momento para aconsejarla. Lo primero que le hizo saber fue que las personas no siempre son lo que parecen en estos casos y que no todo aquel que recibiera el calor de sus manos sería sanado.
Al cabo de algunos meses, a la hora de la cena, sonó el teléfono, Gloria respondió y al colgar, la muchacha notó preocupación en el rostro de su tía. Juana había enfermado gravemente y quería verla. Esa misma noche, después de poner algo de ropa en el bolso, Yesenia partió.
Al llegar a la casa, entró corriendo. Su madre en el cuarto, reposaba inmóvil en la cama, y al abrazarla, comenzó a sentir ese calor característico e inconfundible que le brotaba de las palmas. Sin perder tiempo, las posó sobre su frente y al cabo de un rato, rendida y extenuada, se quedó dormida.
Horas más tarde, inesperadamente, una caricia familiar la despertó como cuando era niña. Abrió los ojos y allí estaba Juana, su madre, que a su lado sonreía.

Susana Scorpiniti
(14/09/2011)

(42) Una niña y un violín


Violeta partió una mañana a la salida del sol. Creyó haber dejado atrás angustias, una tragedia familiar que no daba tregua a su corazón y una madre.
Viajó muchos kilómetros parando en todos los poblados.Buscaba el lugar exacto donde empezar su nueva historia. No andaba sola, en la mochila, siguiéndola de cerca, se escondía su pasado. Llevaba a cuestas el abandono de su padre quien desapareció una mañana sin dejar rastro después de la muerte de su hermano mayor, ahogado en el arroyo un desventurado verano. Su madre comenzó a deambular en silencio por la casa, un silencio desgarrador donde refugió su dolor.
En ese entorno la niña iba creciendo abrazada a una muñeca vieja, en un columpio oxidado, imaginándose el mundo.
Una de esas tardes después de cenar salió al porch. y escucho por primera vez a su vecino tocar el violín. Al cabo de un tiempo estos pequeños ratos se tornaron indispensables en la vida sencilla de la niña, quien seguía tarareando la misma melodía hasta subir a su cuarto y quedarse dormida, contaba su madre sorprendida.
Don Carlos, el vecino, no perdió mucho tiempo y en el cumpleaños siguiente le obsequió un violín, que mandó a grabar con su nombre y la promesa de ayudarla con las clases cada semana.
Durante dos años, ambos se sentaban en el jardín y disfrutaban de la música, hasta que una tarde Violeta quedó esperando. El maestro no llegó.
Al día siguiente, salió a caminar por el área comercial de la zona. Miraron muchas vidrieras pero una casa de compraventas les llamó la atención por los curiosos artículos que allí vendían.
Arnaldo, el vendedir, era amigo de Don Carlos, de hecho fue quien le vendió el violín grabado, por eso la saludó amablemente y le contó que su maestro se había accidentado y debía estar hospitalizado varias semanas.
Cuando el vecino volvió a su casa, la niña fue a visitarlo. Al entrar se encontró con el dueño de la propiedad discutiendo acaloradamente con Don Carlos, pidiéndole los tres meses de alquiler que le adeudaba, caso contrario sería desalojado.
Violeta volvió a su casa muy preocupada, pensando que su maestro tendría mudarse por no poder pagar. Una de esas tardes, al regresar de la escuela, enfundó en violín y se dirigió al local de compraventas, y sin dudarlo le preguntó a Arnaldo si le compraba el violín, además le dijo que el dinero sería para un amigo en parietos a punto de ser desalojado. Después de escuchar la historia completa, el hombre se lo compró por quinientos pesos. Pensando que así quedarían solucionados los problemas financieros del maestro, corrió a entregárselos. Mientras tanto, Arnaldo llamó a Don Carlos y le contó sobre la visita de niña.
Varias semanas pasaron desde aquel desafortunado episodio que dejó a Violeta sin su violín.
Era s-abado y llovía, cuando un mensajero tocó a su puerta, preguntó por ella, y le dejó una caja sin remitente. Al abrirla, sus ojos de iluminaron, el violín estaba adentro.
La lluvia cesó y por la tarde todo lo que vivía en el jardín, volvió a palpitar, lo mismo hizo el corazón de su maestro, quien apoyado en la ligustrina que dividía los dos patios, escuchaba atento.
Hoy con veinticinco años, Violeta se sentía segura, ya podía dirigir sola el concierto de todos sus recuerdos. Don Carlos siempre se mantuvo cerca de su obra mejor valuada, mientras la tierna melodía de un violín, acariciaba sin pausa los sueños de una niña.

Susana Scorpiniti
(01/10/2011)