sábado, 30 de enero de 2010

(18) "Tacos altos para Amanda"



-¡Si no hacés todos los ejercicios que le indico a tu mamá es muy probable que no puedas usar tacos altos cuando seas grande!-- dice el Doctor. Amanda no entiende mucho el porqué de hacer todas esas cosas que se le ordenan solo le rechina en sus oídos "tacos altos", a su temprana edad de solo seis años esas dos palabras significaban la diferencia entre niña y señorita, por lo menos de los quince en adelante.
Son muchas las cosas que no tiene claras, solo recuerda que un día al caminar con dificultad su madre preocupada la lleva a ver al doctor, que no es el que ella conoce, aquel viejito simpático que siempre la recibe con un pellizco en el cachete y le receta jarabe con gusto a frutas, éste es nuevo, con un nombre raro difícil de recordar y no receta ningún jarabe aunque Amanda hubiera preferido tomar jarabe todos los días y no dejar de jugar para hacer todos esos odiosos ejercicios, además nunca le contó de que la estaba curando, pensó entonces que su mamá había olvidado preguntarle al doctor y que por esa razón no sabe de que esta enferma.

Al principio las visitas al consultorio eran semanales pero al pasar el tiempo se espaciaron cada vez más, no así los ejercicios que seguían todos los días. La primer consulta fue algo confusa, al llegar, en la sala de espera había muchos niños que llamaron su atención , algunos se sostenían colgando de unos palos largos, colocados debajo de los brazos para no caerse, otros sentados en sillas con unas ruedas grandotas a los costados y los más pequeños en brazos de sus madres.
Detrás de Amanda llegó el último paciente de ese día y lo hizo en una enorme cama alta con largas patas de hierro y rueditas ocupando mucho espacio. El lugar era pequeño, con muebles viejos y no estaba preparado para recibir niños, no había ningún juguete para entretenerse mientras esperaban, nadie fue avisado por eso no había llevado a su muñeca nueva Sisi Emperatriz regalo de la Tía Josefina.
La situación del niño en la camilla la inquietaba, no quería mirar mucho pero la curiosidad le hacía voltear los ojos y lo que veía no le gustaba quizás por eso algunas imágenes quedaron para siempre en su memoria y seguramente también en su corazón.
Por las preguntas y comentarios que la niña hacía, la madre consideró no ir más sola con su hija a la consulta, evitando así que tuviera que ver todo el tiempo la pequeña sala colmada de niños enfermos así que desde entonces las tías Josefina o Zulema la acompañaban y mientras su mamá esperaba el turno dentro de la sala, una de las tías paseaba con ella hasta ser llamada por el doctor.

Entre paseos, escuela, cumpleaños y disfraces de Carnaval más los famosos ejercicios que aún seguían vigentes, pasaron dos largos años compartidos por su familia y las maestras de quienes recibía apoyo incondicional.
Los días transcurrían en la vida de la pequeña Amanda y su sueño no cambiaba, la ilusión de convertirse en señorita o sea, verse delante del espejo en "tacos altos".
Así que aprovechando que su mamá salía a hacer los mandados cada mañana, sacaba del placard sus zapatos blancos puntiagudos, hermosos y con tacos altos, altísimos, que usaba para días especiales y que guardaba en una caja de color rojo con papel de seda blanco en su interior; se los calzaba, lamentándose por todo lo que le sobraba del talón, se meneaba una y otra vez frente al espejo y a taconear por toda la casa como si la fiesta hubiera comenzado, disfrutando cada paso como si fuera el último ya que en cualquier momento su dueña volvería y los zapatos regresarían al placard dentro de su caja donde acurrucados pasarían la noche y poder estar listos a la mañana siguiente lpara llevar magia e ilusiones a los pequeños pies de Amanda.

Susana Scorpiniti
(21/01/2010)

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