Es un poblado pequeño de casitas bajas, algunos con tejas rojas y todas con jardines adornando las fachadas. Las veredas angostas con baldosas torcidas se perfuman con las flores de los naranjos plantados frente a cada puerta, dándole nombre a este pueblo “Los Naranjos”. Allí vive Alejo Fuentes, de cuarenta años, solitario, hace veinte que llegó a este lugar olvidado por muchos..
Tiene veinticuatro alumnos desde veinte hasta sesenta años, todos con desesperadas ganas de aprender. Rara vez los vecinos lo llaman por su nombre, todos lo conocen como “El Maestro”. A pesar de su popularidad y del placer que encuentra en su trabajo solidario y comunitario, no se siente completo. Pasa muchas horas despierto pensando en la manera de recompensar su vida.
Una de esas noches, despabilado y aburrido, tirado en la cama con las manos detrás de la nuca, observa la inmensa oscuridad sin estrellas a través de su ventana. Balbucea palabras sueltas y alacomodarlas se sorprende por los párrafos cortos que riman entre sí. Aquellas mismas palabrasque encierra en su corazón y que guarda desde la muerte de su esposa aparecen hoy milagrosamente para mostrarle a Alejo los sentimientos profundos que aún siguen en su interior
Como un niño perdido de vez en cuando sueña con poder regresar a su pasado pero al tocar a su puerta sus alumnos cada mañana siente que ya no importa el camino de regreso. Imagina que el recomenzar es privilegio de vivir en el presente ya que el comienzo y el final de las cosas de su vida suceden muy sutilmente, que la luz y la oscuridad aparecen de repente, así como su inspiración para escribir poesía.
El toque particular de interpretar el descubrimiento de las pasiones que lo rodean despierta en sus alumnos el placer en las palabras. La actitud renovada del maestro poeta de este pueblo olvidado, cada mañana los envuelve con sus rimas narrando de manera peculiar sentimientos y vivencias.
-¡Si no hacés todos los ejercicios que le indico a tu mamá es muy probable que no puedas usar tacos altos cuando seas grande!-- dice el Doctor. Amanda no entiende mucho el porqué de hacer todas esas cosas que se le ordenan solo le rechina en sus oídos "tacos altos", a su temprana edad de solo seis años esas dos palabras significaban la diferencia entre niña y señorita, por lo menos de los quince en adelante. Son muchas las cosas que no tiene claras, solo recuerda que un día al caminar con dificultad su madre preocupada la lleva a ver al doctor, que no es el que ella conoce, aquel viejito simpático que siempre la recibe con un pellizco en el cachete y le receta jarabe con gusto a frutas, éste es nuevo, con un nombre raro difícil de recordar y no receta ningún jarabe aunque Amanda hubiera preferido tomar jarabe todos los días y no dejar de jugar para hacer todos esos odiosos ejercicios, además nunca le contó de que la estaba curando, pensó entonces que su mamá había olvidado preguntarle al doctor y que por esa razón no sabe de que esta enferma.
Al principio las visitas al consultorio eran semanales pero al pasar el tiempo se espaciaron cada vez más, no así los ejercicios que seguían todos los días. La primer consulta fue algo confusa, al llegar, en la sala de espera había muchos niños que llamaron su atención , algunos se sostenían colgando de unos palos largos, colocados debajo de los brazos para no caerse, otros sentados en sillas con unas ruedas grandotas a los costados y los más pequeños en brazos de sus madres. Detrás de Amanda llegó el último paciente de ese día y lo hizo en una enorme cama alta con largas patas de hierro y rueditas ocupando mucho espacio. El lugar era pequeño, con muebles viejos y no estaba preparado para recibir niños, no había ningún juguete para entretenerse mientras esperaban, nadie fue avisado por eso no había llevado a su muñeca nueva Sisi Emperatriz regalo de la Tía Josefina. La situación del niño en la camilla la inquietaba, no quería mirar mucho pero la curiosidad le hacía voltear los ojos y lo que veía no le gustaba quizás por eso algunas imágenes quedaron para siempre en su memoria y seguramente también en su corazón. Por las preguntas y comentarios que la niña hacía, la madre consideró no ir más sola con su hija a la consulta, evitando así que tuviera que ver todo el tiempo la pequeña sala colmada de niños enfermos así que desde entonces las tías Josefina o Zulema la acompañaban y mientras su mamá esperaba el turno dentro de la sala, una de las tías paseaba con ella hasta ser llamada por el doctor.
Entre paseos, escuela, cumpleaños y disfraces de Carnaval más los famosos ejercicios que aún seguían vigentes, pasaron dos largos años compartidos por su familia y las maestras de quienes recibía apoyo incondicional. Los días transcurrían en la vida de la pequeña Amanda y su sueño no cambiaba, la ilusión de convertirse en señorita o sea, verse delante del espejo en "tacos altos". Así que aprovechando que su mamá salía a hacer los mandados cada mañana, sacaba del placard sus zapatos blancos puntiagudos, hermosos y con tacos altos, altísimos, que usaba para días especiales y que guardaba en una caja de color rojo con papel de seda blanco en su interior; se los calzaba, lamentándose por todo lo que le sobraba del talón, se meneaba una y otra vez frente al espejo y a taconear por toda la casa como si la fiesta hubiera comenzado, disfrutando cada paso como si fuera el último ya que en cualquier momento su dueña volvería y los zapatos regresarían al placard dentro de su caja donde acurrucados pasarían la noche y poder estar listos a la mañana siguiente lpara llevar magia e ilusiones a los pequeños pies de Amanda.
Alto y elegante, peinado hacia atrás con anteojos de marcos oscuros, traje gris topo, camisa blanca, corbata y pañuelo en el bolsillo del saco, sombrero al tono y los zapatos mas negros y brillantes de todo Almagro, se ve Don Martín agregando a la indumentaria el diario La Prensa debajo del brazo izquierdo.
Es domingo nueve de la mañana y Primavera; luego del desayuno Don Martín y Chacha, su nieta de seis años, salen de la casa de Treinta y Tres Orientales a dar su habitual paseo por el Parque Chacabuco,_¡ Taco, Suela y Punta!_ dice Don Martín a su nieta mientras doblan barranca abajo por la calle de la esquina, Salcedo se llama ,hasta llegar a Boedo. Todas las baldozas estan flojas y de tanto en tanto ni existen, esto siempre preocupa a Don Martín cuidando que el barro que brota del costado de esas mismas baldozas al pisarlas, no salpique de barro los zoquetes blancos de su nieta.
Debían caminar seis cuadras largas hasta el anden por donde pasa el tranvía que termina su recorrido justo frente al parque. Al subir al vehículo, el abuelo saluda respetuosamente al motorman como si lo conociera de antes y luego de mostrarle un carnet que siempre carga en el bolsillo, escogen el segundo asiento que estaba vacío y era el que a Don Martín le gustaba.
El tranvía va bastante despacio, pero mucho no importa ya que las charlas de abuelo y nieta son mucho más que instructivas y Don Martín disfruta del paseo igual o más que Chachita. El ha sido Inspector de Transporte y al jubilarse, la nostalgia más de una vez le ha jugado una mala pasada. Las conversaciones generalmente son en voz muy alta, por el ruido inconfundible de las ruedas de acero rechinando contra las vías y las ventanillas levantadas, es imposible mantener las charlas en tono normal pero eso no es importante para esa pareja despareja . El abuelo de casi dos metros se ve como gigante al lado de la pequeña y así ríen y hablan de todo sin parar hasta llegar a destino.
Luego de un viaje de veinte minutos que la ansiedad hace eternos, a lo lejos divisan los distintos tonos de verde de la frondoza arboleda del parque cubierto también en esta época del año por flores de todas clases en enormes canteros._¡En la próxima parada bajamos!_ avisa el abuelo. Los dos parecen emocionados, Don Martín toma de la mano a su nieta que a los saltos corretea por el césped fresco y recien cortado y de esta manera comienzan la caminata, como primera parada aparece el señor que vende maníes y un cucurucho compartido es suficiente para sentarse en uno de los bancos y disfrutarlo antes de continuar. Chacha tironea la mano del abuelo llevándolo hacia el gran león de bronce que reluciente y callado parece esperar a la niña cada domingo, y dejarse montar por ella transportándola de manera segura por los caminos secretos que solo ellos dos conocen, Más adelante aparece el lago y sigue la aventura ,cuando el abuelo Martín arma los barquitos de papel con las páginas gruesas del diario que ya no le interesan para que ella los deslize en el agua como el le ha enseñado y observar como el viento los aleja sin retorno de la orilla. La partida de los pequeños buques anuncian a Chacha que se acerca hora de volver a casa ya es casi mediodía y el resto de la familia los espera para el almuerzo. Ambos se encaminan hacia el anden donde se estacionaban los tranvías y así tomar el que los lleve de regreso. Con la misma alegría que salieron de la casa en la mañana, vuelven ,El día no había terminado y a ambos le quedaban muchas cosas por hacer todavía, como regar el jardín, cortar flores frescas para cambiar las ya marchitas del jarrón negro y dorado que adorna el centro de la mesa del comedor, entre otras cosas y el resto de la tarde pasar tiempo en el cuartito observando las artesanías que el abuelo diseña o verlo cambiar la mediasuela de sus zapatos y la lista sería interminable. Don Martín sabe tomar de la vida toda su sabiduría, sin desperdiciar ni una sola gota, en el largo camino que le tocó transitar, sabiduría que siempre esta lista para compartirla con todo aquel que se muestre listo para escuchar. _¡Taco, Suela y Punta!_ Tributo a Martin Portas, mi abuelo (6/11/1888 - 3/01/1971)
Era costumbre de Mireya despertar bien temprano. Una de esas mañana sentada frente a una taza de café, comenzó a hacer balance de todo lo vivido. A los cuarenta y cinco, desde su humildad, se sintia embriagada por la fama. Expertos y fanáticos de toda Europa fueron atrapados por la obra del artista. Su trabajo era impecable, su vida un misterio. Por alguna razóm nunca dejó ver su rostro. Se sabía de ella a través de los escritos que acompañaba a cada uno de sus trabajos publicados por la Galería de Arte donde se exponían. Mireya Cortez enviudó joven. Sola y sin familia para compartir su dolor decidió mudarse a la pequeña casa al pie de Los Alpes, herencia de sus padres, donde pasó su niñez y adolescencia. Al notar que la soledad la iba absorbiendo, sientió la necesidad de quedarse con los buenos recuerdos de su juventud y cuando el otoño llegue, destinar un lugar espacioso en su corazón para atesorarlos. Y el Otoño llegó finalmente a la vida de Mireya. La encontró con su piel dorada por el sol y azul cielo en la mirada,Corría varios kilómetros diarios observándolo todo para pasar el resto del día soñando en su atelier. "Viajera sin Boleto", así firmaba sus obras. Sus cuadros tenían grandes dimensiones, lucían como invitación a cada lugar que construía, para contemplar un amanecer y la caída del sol con un solo golpe de vista. Mireya nunca se alejaba más allá de lo que podía ver desde la ventana de su refugio. Una vez a la semana venían los proveedores a dejar lo necesario. Se podría pensar que su vida era monótona pero estaba satisfecha con su elección y el hecho de recorrer sin maletas ese mundo de ensueño sin detenerse, la motivaba aún más. Sus obras no tenían título. Su imaginación era envidiable. Capaz de sentir el viento soplando desde el océano en su rostro, el agua de los arroyos refrescando sus pies y hasta gotas pequeñas de lluvia humedeciendo su pelo negro en una tarde de invierno. La Galería de arte que las exponía estaba en un bohemio barrio del norte de Barcelona. Era famosa en Europa por la gran bulla de aficionados que se reunían cada verano para visitarlas y poder conocer personalmente a los Maestros de la Pintura. Mireya Cortez era conocida en reuniones como "La dama sin rostro", sus trabajos eran exhibidos en un recinto aparte donde la inauguración era esperada ansiosamente por curiosos y coleccionistas que venían de todas partes a presenciar la muestra. Una multitud esperaba impaciente hasta la hora en que se abrieran las puertas después de las cinco de la tarde. Solo entonces podrían tener el privilegio de ver el mundo como ella lo veía. A cambio Mireya decidió compartir con todos aquellos que la fascicación por el Arte los llevara a sentir el placer que da el silencio.
Milagros viajaba apuradapor la caminos tentadores de la vida,sus 30 años y sus ganas de vivir todo de golpe, la llevaron a equivocar la ruta de sus sueños y la Juventud de sus dulces díasquedaron en recuerdos
quedando enredada en aquellos años locosentre engaños y mentiras, abandonada a su suerte.
Tambien estaban en juego sus más preciados secretos, secretos que inocentemente confióa su Juventud imaginando que ella se los guardaría para siempre pero solo los conservó por un tiempo hasta que aparecieron en el espejo, comprendiendo a través de la traición, que sus dulces días no serían eternos. y que los secretos que ella creía estaban a resguardo, solo estaban sofocados en el tiempo. Y entre días dulces, secretos y años locos,llegó el amor casi a la puesta del sol , cuando nadie lo miraba ocupó el lugar de honor. Muy hábil y muy certero supo como atravesar cada rincón de su vida espantando las angustias y temores de Milagros al estar frente a un espejo.
Siempre recuerda sus días dulces, como ella los llamaba,con sus soles y sus lunas,esquivando las historiasoscuras que empañaron algunos momentos de alegría, diciéndose así misma una y otra vez que nunca lloraría por lo perdido o terminado, solo sonreiría por lo vivido y agradeciéndoles a esas mil y una estrellas que bajaron a enseñarle el poder del amor, un amor del que puede hablar para que todos la escuchen hasta quedar sin aliento. No era para menos, esa sensación era extraña para ella, la inhibía hasta enmudecerlapero tampoco le importó y así fue como escribió su primera poesía de amor, del amor verdadero que eligió el corazón de Milagros para florecer justamente en esa primavera.
El enorme y oscuro portal de una noche sin estrellas, intimida a todos los inquilinos del jardín. Una tenue luz anuncia la llegada del mensajero. Tropezando entre los nubarrones, pretendiendo escapar del horizonte, emprende su caminata lenta y sin pausa, acercándose más y más. No hay como detenerlo ni tampoco apresurarlo, su resplandor ya enciende y entibia las lágrimas esparcidas sobre las pequeñas hojas de la rosa mosqueta, las aves murmuran y aletean, los árboles bostezan, disfrutando del estallido en los cristales de los rayos del sol en las ventanas, despertando y alborotando a todo ser amante de la vida.
Un nuevo Día, él sabe que es único, y así muestra su soberbia. También es cierto que así como llegó, se irá irremediablemente pero se asegurará de ser recordado por lo que dejó en vida.
Antes que su sol se apague y el portal de la noche vuelva a brirse; las aves harán su parte, las flores harán su parte y nosotros…¿Nosotros haremos nuestra parte?.
Una vez que se haya ido vendrán otros en su lugar, con un nombre distinto y una luz también distinta pero ese que partió, no se dejará volver a ver, aunque su espíritu nos rondará mas de una vez por lo bueno o lo malo que hicieron por él; como áridos senderos donde se sembraron piedras o como jardines donde el perfume de la rosa mosqueta nos recuerde que lo mejor de esta vida es disfrutarla Día a Día.
Solamente 15 años, guardapolvo blanco, medias tres cuartos azules, inocencia en su mirada,nueva escuela. Todo era nuevo para Lucía. El primer día al nomás llegar, se ubicó en la fila donde le indicaron antes de entrar al aula.
De repente un hombre alto, delgado, calvo y con lentes se apareció en al gran patio, era el Sr. Poltein, rector del colegio desde hacía 10 años. En medio de las 500 alumnas y dando una recorrida veloz sus ojos como los de un águila se detuvieron al descubrir un nuevo rostro el de Lucía Falcone, se acercó y le preguntó su nombre, la adolescente sintió que sus piernas temblaban y que sus mejillas se encendían, el aire le faltaba y aunque el momento había pasado, un sabor amargo quedó por el resto del día en lsu boca, entre niña y mujer, era menuda, pecosa, de pelo rubio y muy largo, tímida.
Llegó a la casa esa tarde, su madre la esperaba para el almuerzo con su comida preferida por ser el primer día de clase pero ella no deseaba festejar, solo quería olvidar, olvidarse de esa mañana que fuera de ser impecable, arruinó su debut en la escuela.
Pasaron varios días hasta que a las 7 hs, horario casi exacto en que el colectivo 71 arriva a la parada más cercana al colegio secundario, descendían aproximadamente 20 adolescentes de distintas edades y entre ellas Lucía, luciendo como muchas de sus compañeras, su largo pelo al viento caminando juntas por la misma vereda que las llevarían justo a la puerta de la escuela.
El ruido de un auto viejo se acercaba lentamente y de repente se detuvo,enfurecido el Sr. Poltein desciende y se para frente al grupo, pero ante el asombro de las demás solamente se dirigió a Lucía y a los gritos le dijo : Srta. Lucía ¿Por qué no tiene el pelo atado como manda el reglamento?, Lucía volvió a sentir sus piernas tambaleantes y sus mejillas encendidas, pero esta vez no pudo articular palabra alguna, solo se escuchaba la vos ronca y fuerte del gran hombre que gritaba, ¡Camine inmediatamente hacia el colegio, que ya hablaremos mas tarde¡ ella siguió las instrucciones como el rector se lo había ordenadoEl Sr. Poltein, tenía otro cargo en la escuela, era profesor de Física y Lucía no era muy buena para tantas fórmulasni el profesor era bueno para enseñar en clase ya que la constante mirada hacia ella solo lograba avergonzarla, por la tanto, las únicas notas que recibía eran ceros, ceros y más ceros;la frustada Lucía Falcone no podía escribir ni su nombre en la hoja de prueba siempre la entregaba completamente en blanco. Los hechos se seguían sucediendo2 ó3 veces por semana y la joven estudiante con sus nervios al límite se sentía imposibilitada de coordinar y poder entender los motivos que este hombre con una tan seria envestidura de dirigiera a ella de manera tan agresiva e irracional .
Uno de tantos días de mucho sol, decidió caminar hasta su casa y cuando faltaban 4 cuadras para llegar, escucha el inconfundible ruido de aquel auto viejo que tanto la atormentaba, eran las 2 de la tarde, invierno , las calles angostas estaban desiertas y los negocios cerrados, no había donde esconderse, el terror la estaba invadiendo y no podía pensar, el ruido cada vez mas cerca y ninguna puerta abierta, ya no caminaba, corría desesperadamente tratando de acortar las 2 cuadras restantes , detrás de ella el vehículo a unos metros de distancia como pretendiendo quebrar el espíritu de la vulnerable adolescente. Como pudo, trastabillando y tropezando en las baldosas flojas Lucía alcanzó el umbral de su casa, el auto se detuvo al mismo tiempo y mientras el misterioso rector, sonreía de manera sarcástica desde adentro, el timbre sonaba desesperadamente en la casa de los Falcone y la vos protectora que ella esperaba escuchar sonó muy fuerte a través del portero, hasta que la puerta se abrió aliviando su ahogado llanto. El desubicado rector, después de haber gozado quien sabe que cosa en su mente alejada de la realidad, aceleró perdiéndose por las calles del barrio. Durante algún tiempo Lucía bloquió en su mente los fortuitos episodios, no quería comprender el porque de sus malos ratos en la escuela, su Madre si lo comprendió perfectamente. Por eso se aseguró personalmente y sin volver a tocar el tema con su hija que el misterioso Sr, Poltein. jamás volviera a cruzarse en su camino.