El ruido inconfundible de su ir y venir como niño inquieto, la furia de un huracán, los fuertes vientos de invierno y también su calma, acompañan al mar en todo su esplendor. Con toda clase de sensaciones le hace saber a todo aquel intrépido que al dejarse besar por él, quedará atrapado inexorablemente por un hechizo insaciable de placer. Un penetrante olor en las noches oscuras, olas golpeteando en las rocas haciendo escuchar su lamento, son las artimanias que utiliza para seducir. Por eso junto a él nacen y se enriquecen historias de amor en largas poesías. Desde siempre estuvo ahí como un enorme refugio donde las sirenas se menean con la melodía de sus sueños. Mientras con un romántico ronroneo, va sobornando de a poco a los corazones temblorosos que encuentra a su paso. O bien atormentando a espíritus perdidos que por alguna razón deciden cubrirse con su manto de oscuridad en vez de confiarle sus amargos secretos. Mi amigo Santiago me escribió unas cartas hablándome del Mar. Muchacho de ciudad, solitario y aventurero. De esos que lloran con gritos de silencio enormes lágrimas secas. Cansado de fracasar en varios intentos emprendió un viaje. Llegando a las costas de Santa Bárbara se encontró con su grandeza. El intenso azul, el penetrante olor, la calma y aquel canto inconfundible cautivo su alma. Fue sorprendido en la playa muchs veces por la luz de la luna o por la espuma blanca toqueteando sus pies sobre la arena tibia. Sentía desde su interior que el Señor estaba ahí nomás y que la búsqueda incesante lo había llevado a encontrarse con su compañía. Muchos Santiagos solos y soñadores recorriendo senderos sin rumbos , aferrándose a melodías desafinadas esperan ansiosos su oportunidad.El mío encontró la suya reflejada en el intenso azul del Mar.
La existencia de Aldo no había sido muy prolija, pasó por dos relaciones tormentosas y hoy no tiene trabajo regular. Las huellas de la soledad en su rostro y la dejadez en su aspecto de incorregible bohemio, lo hicieron querible a los ojos de todos aquellos que conocieron su historia. Nunca imaginó el cambio que daría su vida esa tarde. Al pasar distraído por la biblioteca de la avenida principal, tropieza atolondradamente con una mujer cargada de libros que se desparramaron por la vereda. Luego de varias disculpas Aldo recoge los libros y al levantarse queda sorprendido ante los ojos de Cecilia, su primer amor de adolescente catorce años mayor que él. De manera imprevista y confundido con la paz de su mirada recorre su interior sin pedir permiso, sin prisa y sin pausa y sin buscar tampoco grandes secretos, solo poner algo de esperanza al paso del tiempo. Cecilia no vive sola. Esta condicionada a una estructura familiar desde hace varios años. Hasta ese día sus tardes fueron muy parecidas. Tratando en lo posible de engrandecer los espacios con pequeñas alegrías y luchando incansablemente para que la música de su corazón nunca la abandone. Pasa en la biblioteca del barrio varias horas a la semana, alimentando su espíritu leyendo novelas de mujeres exitosas que le recomiendan los empleados del lugar. Como antorcha iluminando el camino de la adversidad, esa tarde, Aldo aparece nuevamente en su vida poniendo juventud a los recuerdos. Los mismos recuerdos que la acompañan en los momentos de silencio y soledad. Después de charlar un rato quedan en encontrarse un día y nutrir con palabras todo aquello que el olvido nopudo arrebatarles.
El parque detrás de la escuela donde Aldo concurría y donde Cecilia trabajaba de bibliotecaria, en aquellos años, lucía diferente. Había sido remodelado completamente pero todavía guardaba en los troncos de sus árboles los nombres y corazones de todas las historias de amores adolescentes que allí se juraron. No existe registro de aquello que hubo entre Aldo y Cecilia grabado en esos troncos, tampoco se habían jurado amor eterno, solo vivieron como torbellino el deseo incontenible que los atrapó. Esa tarde con asombro volvieron a mirarse a los ojos hasta lo escondido, descubriendo el segundo acto de esta historia más allá del adiós.
El valle azul de una vida se muestra en todo su esplendor. Es el Otoño de su quinta década en este mundo de los vivos. Mientras en el arco iris dibujado en lo profundo de su alma, emerge el color negro tratando de opacarlo. Sin embargo, Matilda agradece. Con los brazos abiertos, como invitando a bailar a los espíritus del cielo, disfruta el aroma de los colores sin preocuparse por nada. El tiempo no encadena sus sueños. Tampoco le importan sus pecas encendidas por el sol, están acostumbradas a la lucha diaria en la intemperie. No muchos logran percibir el sonido de las hojas color ocre intenso cayendo de los árboles, son los mismas que de manera desprolija y apurada conquistan la pureza del mediodía. Matilda conoce bien este sonido y todos los secretos del Otoño. Cada hoja viajando en el viento cuenta una historia diferente para ella. Suenan como música en sus oídos cuando el atardecer cubre de rocío la Plaza Central.
La brisa se impaciemta, mientras la oscuridad acaricia lentamente las estrellas, apagando los amarillos ocres y tiñiéndolos de un matiz grisáceo.
Un banco viejo, húmedo y despintado, espera escondido en un rincón. La soledad y la monotonía lo acompañan en silencio. Disimula mensajes ocultos, que ni el llanto de la niebla logra decifrar. Matilda llega después de su recorrida canturreando los compases del crepúsculo. Cansada se acerca al viejo banco, un amigo inseparable de tertulias de luna, que espera ansioso y sin tiempo para participar de sus locas fantasías. Una manta verde a cuadros, cubre su carrito destartalado. Toda clase de elementos, esencias, sonidos y colores asoman a través de los años. Ella misma se encargó de atesorarlos, asignándoles a cada uno equitativo valor como si fueran eslabones de su propia vida. Con la justa armonía en su corazón y untada con el bálsamo de la noche, Matilda se acomoda en el viejo banco debajo de la manta verde a cuadros. lista para emprender el camino de los sueños, convencida que al despertar, el sol volverá a sorprenderla brillando en el cristal de todas las ventanas.
Lola ha tenido mejores días que éste en sus cuarenta y tres años. Hoy el sol parece haber discutido furiosamente con el cielo otoñal, dejando que nubarrones acecharan la ciudad trayendo los primeros fríos y envolviendo de aburrimiento su mañana de domingo.Para aplacar el mal humor, decidió buscar algo que hacer sin salir de su casa.
Son las diez y antes que la melancolía le vaya quitando lentamente la energía, la idea de zambullirse en elplacard comenzó a pasearse por su mente como algo probable e ideal para este día.
Sin pensar más, se vistió, se calzó y luego de algunos mates y dos medialunas del día anterior queda lista para embestir la jornada. Decide comenzar por uno de los estantes del placard del pasillo que conecta su cuarto con el de Juancho, su hijo. Al abrir la primera puerta, asomaron sus zapatos, algunos cubiertos de polvo, otros opacos y hasta entristecidos por el olvido de su dueña.
Lola los contempla en silencio, como haciéndoles cargo de tantas idas y venidas por la vida. Con ese último pensamiento pone manos a la obra preparando todo lo necesario para regresarles parte de la riqueza y esplendor de aquellos días. Con un brillo artesanal logrado a puro cepillo, mientras tararea una de sus canciones favoritas les hace saber de su agradecimiento por haber estado a sus pies cada vez que ella los ha necesitado.
Par por par, los va bajando del estante, y mientras lo hace va susurrándole a su corazón, los deleites y sinsabores vividos con cada uno de ellos.
Siempre caminaron con ella. Juntos disfrutaron de la gloria, lloriquearon fracasos, se sobrepusieron a las adversidades, a las emergencias del tiempo y se regocijaron de todas sus alegrías. Hasta las sandalias blancas, las elegidas para aquel verano inolvidable, las mismas que más de una vez esperaron solas sobre la arena caliente hasta que ella terminara su caminata playera.
Toma los rojos, chatos y escotados usados en ocasiones especiales quizás por su color llamativo quedaron como al descuido esperando ser convocados para algún próximoevento.
Luego aparecieron los negritos clásicos, junto con la falda negra y la camisa blanca la acompañaron a su última entrevista de trabajo, a pesar de su elegancia no logró ser contratada. Lola recuerda ese día bastante bien, llovía torrencialmente y al terminar la entrevista, debió quitárselos para resguardarlos del agua.
Continúa con los marrones, con plataforma y hebillas, de moda en esos años pero demasiados feos a simple vista, regalo de su amiga Amelia. Solamente los usó una vez y fue en la última reunión de egresadas porque hacían juego con sus pantalones y de paso quedó bien con su amiga que también estaba presente. Al final de la noche, el dolor de sus pies se tornó inaguantable, las ampollas en sus talones dejadas por los feos y odiosos zapatos, permanecían aún en su memoria.
Las botas esperan su turno con actitud reflexiva. Negras y largas, abrigan sus piernas hasta la rodilla en invierno. Hacen que luzca esbelta y segura, nuevas y sin historia fueron adquiridas en una barata al término de la temporada pasada.
Lo último que apareció en el estante fué una caja negracon inscripciones en letras blancas que decía: “Todo para las Novias”. Lola recordó inmediatamente los zapatosblancos que había usado en su boda y que por alguna razón quedaron allí, tan olvidados comolos días felices que pasó junto a su marido durante aquel fugazmatrimonio. Decidió no husmear y dejar la caja en el mismo lugar.
Sabe con certeza que los senderos recorridos con cada uno de sus zapatos quedaron atrás y que ya no volverá a pasar por ellos.
Es una tarde distinta, recordando y reviviendo tantas escenas, subiendo otra vez de sus zapatos, decidió que ya era tiempo de salir en busca de algunos pares nuevos y prepararse para emprender aquellos desconocidos e insospechados paseos con que la vida sin previo aviso la atrapará.
Desde hace cinco años antes del amanecer el hombre espera apoyado en el balcón de su casa, como en puerto abandonado, la llegada de un viejo carguero trayendo los sueños perdidos. Eugenio, alrededor de setenta años, con su cabeza color de luna, observa el despunte del sol en Lago Escondido.
Recorre con su mirada el horizonte: las fachadas despintadas, los jardines resecose infértiles, poco atractivos para que cientos de mariposas vuelvan a retozar en sus canteros. Las calles, áridas y terrosas, de un color indefinido, y al final del pueblo, la torre de hierro de la vieja fábrica, la misma que después de traer al poblado orgullo y prosperidad, en solo veinte años, dejó en su retirada desolacióny tristeza.
La soledad de Eugenio comienzó hace veinte años cuando la Algodonera de Oriente cierró sus puertas, dejando sin trabajo a tres cuartas partes de la población, convirtiendo a Lago Escondidoen un villorrio enterrado en su propio pasado. Solo quedan hoy suspendidos en el tiempo, los vecinos viejos como parte del paisaje.
Escabullida entre tantos jóvenes que escaparon en busca de oportunidades en la gran ciudad, estaba Flor,la hija de Eugenio, rebelde con o sin causa, un espíritu libre y lista para cualquier acción. A pesar de todos las súplicas de su padre, partió un día con rumbo desconocido, con la promesa de escribir en cuanto le fuera posible. Dejó bien claro que solo regresaría cuando toda la pasión que su padre siente hacia el pueblo sea suficiente para teñirlo de blanco y volver a pintarlo, cuando con la misma pasión corran lágrimas suficientes para humedecer la tierra, dibujar la sonrisa en los rostros de los viejos de la plaza y hacer que el mejor maestro de la gran ciudad se acerque para iluminar la mente de los niños de Lago Escondido.
En un intento por sobreponerse a su dolor, de tanto en tanto Eugenio pasaba por el bodegónde Don Mario, en la calle principalfrente a la plaza, lindando con el almacén de ramos generales del gringo Antonio, a conversar con algunos vecinos. Le han comentado que está por llegar una reconocida Bióloga de una importante empresa, para realizar estudios en la zona, la construcción de una nueva represa es un hecho y se abrirán mil quinientos puestos de trabajo para la región.
Muchos años han pasado desde aquel amanecer ensombrecido. Como única foto quedó en la mente de Eugenio, antes que las lágrimas empañaran sus ojos, la polvareda levantada por la camioneta que se llevaba a Flor.
Esta mañana, como otras, con la taza de café humeando en una mano y tres bizcochos en la otra, sale al balcón. Amaneció claro. El sol de Otoño tuvo bastante que ver en eso. mientras tanto el viento se ocupaba de empujar la neblina sucia alejándola del caserío.
Apenas terminando el café, ya casi por entrar nuevamente a la casa, sus ojos se hunden en el horizonte, el sol lo encandila pero no puede impedirle ver a lo lejos un vehículo que se aproxima a gran velocidad, levantando una gran polvareda. Logra divisar una camioneta azul eléctrico tan brillante que ni el misma cielo podía opacarla. Faltando escasos cincuenta metros para pasar por la puerta de su casa, que en contraste luce antigua y deslucida, dejando al descubierto la soledad y la tristeza de su dueño, detiene su marcha. En su interior ve la figura de una mujer con gafas oscuras al volante y un acompañante. La mujer desciende, encaminándose hacia la puerta de la casa, golpea delicada pero insistentemente.
Eugenio, nervioso, se apresuraa bajar la escalera lo más rápido que puede, trastabillando en los últimos escalones. Al abrir la puerta se encontra con la muchacha parada en el porch. En silencio se quita los anteojos y dice _¡Hola Pa, solo fue el tiempo que me tomó reunir las lágrimas necesarias para humedecer esta tierra, comprender la pasión desmedida que te une a este pueblo para que juntos volvamos a pintarlo.!_
El enorme y oscuro portal de la noche intimida a todos los inquilinos del jardín. Una tenue luz anuncia la llegada del mensajero, tropezando y pretendiendo escapar del horizonte, emprende su caminata larga y sin pausa. Ya se va acercando, no podrá detenerse ni tampoco apresurarse, su resplandor ilumina y entibia las lágrimas esparcidas sobre las pequeñas hojas de la rosa mosqueta, las aves murmuran y aletean, los árboles bostezan disfrutando del estallido en los cristales de los rayos del sol en las ventanas, despertando y alborotando a todos los amantes de la vida.Un nuevo día llega para hacer su conocido intercambio, el sabe que es único y así muestra su soberbia y su altanera presencia. También es cierto que así como llegó se erá irremediablemente asegurándose de ser recordado de la misma manera como ha sobrevivido. Pero antes que el portal de la noche vuelva a abrirse, las aves habrán hecho su parte, las flores habrán hecho la suya ¿y nosotros?... no se molestará en detener su marcha por nosotros.Cuando el mañana venga este día se habrá ido para siempre y vendrán otros, con un nombre distinto, con una luz también distinta, aunque seguramente querrá ser recordado más de una vez por lo bueno o lo malo que ha quedado en su lugar: como un sendero árido donde alguien sembró piedras o por la sonrisa de rosas mosquetas perfumando algún jardín.