
La existencia de Aldo no había sido muy prolija, pasó por dos relaciones tormentosas y hoy no tiene trabajo regular. Las huellas de la soledad en su rostro y la dejadez en su aspecto de incorregible bohemio, lo hicieron querible a los ojos de todos aquellos que conocieron su historia.
Nunca imaginó el cambio que daría su vida esa tarde. Al pasar distraído por la biblioteca de la avenida principal, tropieza atolondradamente con una mujer cargada de libros que se desparramaron por la vereda.
Luego de varias disculpas Aldo recoge los libros y al levantarse queda sorprendido ante los ojos de Cecilia, su primer amor de adolescente catorce años mayor que él.
De manera imprevista y confundido con la paz de su mirada recorre su interior sin pedir permiso, sin prisa y sin pausa y sin buscar tampoco grandes secretos, solo poner algo de esperanza al paso del tiempo.
Cecilia no vive sola. Esta condicionada a una estructura familiar desde hace varios años. Hasta ese día sus tardes fueron muy parecidas. Tratando en lo posible de engrandecer los espacios con pequeñas alegrías y luchando incansablemente para que la música de su corazón nunca la abandone.
Pasa en la biblioteca del barrio varias horas a la semana, alimentando su espíritu leyendo novelas de mujeres exitosas que le recomiendan los empleados del lugar.
Como antorcha iluminando el camino de la adversidad, esa tarde, Aldo aparece nuevamente en su vida poniendo juventud a los recuerdos. Los mismos recuerdos que la acompañan en los momentos de silencio y soledad.
Después de charlar un rato quedan en encontrarse un día y nutrir con palabras todo aquello que el olvido nopudo arrebatarles.
El parque detrás de la escuela donde Aldo concurría y donde Cecilia trabajaba de bibliotecaria, en aquellos años, lucía diferente. Había sido remodelado completamente pero todavía guardaba en los troncos de sus árboles los nombres y corazones de todas las historias de amores adolescentes que allí se juraron. No existe registro de aquello que hubo entre Aldo y Cecilia grabado en esos troncos, tampoco se habían jurado amor eterno, solo vivieron como torbellino el deseo incontenible que los atrapó.
Esa tarde con asombro volvieron a mirarse a los ojos hasta lo escondido, descubriendo el segundo acto de esta historia más allá del adiós.
Susana Scorpiniti
(19/06/2011)
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