Lola ha tenido mejores días que éste en sus cuarenta y tres años. Hoy el sol parece haber discutido furiosamente con el cielo otoñal, dejando que nubarrones acecharan la ciudad trayendo los primeros fríos y envolviendo de aburrimiento su mañana de domingo.Para aplacar el mal humor, decidió buscar algo que hacer sin salir de su casa.
Son las diez y antes que la melancolía le vaya quitando lentamente la energía, la idea de zambullirse en el placard comenzó a pasearse por su mente como algo probable e ideal para este día.
Sin pensar más, se vistió, se calzó y luego de algunos mates y dos medialunas del día anterior queda lista para embestir la jornada. Decide comenzar por uno de los estantes del placard del pasillo que conecta su cuarto con el de Juancho, su hijo. Al abrir la primera puerta, asomaron sus zapatos, algunos cubiertos de polvo, otros opacos y hasta entristecidos por el olvido de su dueña.
Lola los contempla en silencio, como haciéndoles cargo de tantas idas y venidas por la vida. Con ese último pensamiento pone manos a la obra preparando todo lo necesario para regresarles parte de la riqueza y esplendor de aquellos días. Con un brillo artesanal logrado a puro cepillo, mientras tararea una de sus canciones favoritas les hace saber de su agradecimiento por haber estado a sus pies cada vez que ella los ha necesitado.
Par por par, los va bajando del estante, y mientras lo hace va susurrándole a su corazón, los deleites y sinsabores vividos con cada uno de ellos.
Siempre caminaron con ella. Juntos disfrutaron de la gloria, lloriquearon fracasos, se sobrepusieron a las adversidades, a las emergencias del tiempo y se regocijaron de todas sus alegrías. Hasta las sandalias blancas, las elegidas para aquel verano inolvidable, las mismas que más de una vez esperaron solas sobre la arena caliente hasta que ella terminara su caminata playera.
Toma los rojos, chatos y escotados usados en ocasiones especiales quizás por su color llamativo quedaron como al descuido esperando ser convocados para algún próximo evento.
Luego aparecieron los negritos clásicos, junto con la falda negra y la camisa blanca la acompañaron a su última entrevista de trabajo, a pesar de su elegancia no logró ser contratada. Lola recuerda ese día bastante bien, llovía torrencialmente y al terminar la entrevista, debió quitárselos para resguardarlos del agua.
Continúa con los marrones, con plataforma y hebillas, de moda en esos años pero demasiados feos a simple vista, regalo de su amiga Amelia. Solamente los usó una vez y fue en la última reunión de egresadas porque hacían juego con sus pantalones y de paso quedó bien con su amiga que también estaba presente. Al final de la noche, el dolor de sus pies se tornó inaguantable, las ampollas en sus talones dejadas por los feos y odiosos zapatos, permanecían aún en su memoria.
Las botas esperan su turno con actitud reflexiva. Negras y largas, abrigan sus piernas hasta la rodilla en invierno. Hacen que luzca esbelta y segura, nuevas y sin historia fueron adquiridas en una barata al término de la temporada pasada.
Lo último que apareció en el estante fué una caja negra con inscripciones en letras blancas que decía: “Todo para las Novias”. Lola recordó inmediatamente los zapatos blancos que había usado en su boda y que por alguna razón quedaron allí, tan olvidados como los días felices que pasó junto a su marido durante aquel fugaz matrimonio. Decidió no husmear y dejar la caja en el mismo lugar.
Sabe con certeza que los senderos recorridos con cada uno de sus zapatos quedaron atrás y que ya no volverá a pasar por ellos.
Es una tarde distinta, recordando y reviviendo tantas escenas, subiendo otra vez de sus zapatos, decidió que ya era tiempo de salir en busca de algunos pares nuevos y prepararse para emprender aquellos desconocidos e insospechados paseos con que la vida sin previo aviso la atrapará.
Susana Scorpiniti
(20/05/2010).
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