
El enorme y oscuro portal de la noche intimida a todos los inquilinos del jardín. Una tenue luz anuncia la llegada del mensajero, tropezando y pretendiendo escapar del horizonte, emprende su caminata larga y sin pausa. Ya se va acercando, no podrá detenerse ni tampoco apresurarse, su resplandor ilumina y entibia las lágrimas esparcidas sobre las pequeñas hojas de la rosa mosqueta, las aves murmuran y aletean, los árboles bostezan disfrutando del estallido en los cristales de los rayos del sol en las ventanas, despertando y alborotando a todos los amantes de la vida. Un nuevo día llega para hacer su conocido intercambio, el sabe que es único y así muestra su soberbia y su altanera presencia. También es cierto que así como llegó se erá irremediablemente asegurándose de ser recordado de la misma manera como ha sobrevivido. Pero antes que el portal de la noche vuelva a abrirse, las aves habrán hecho su parte, las flores habrán hecho la suya ¿y nosotros?... no se molestará en detener su marcha por nosotros. Cuando el mañana venga este día se habrá ido para siempre y vendrán otros, con un nombre distinto, con una luz también distinta, aunque seguramente querrá ser recordado más de una vez por lo bueno o lo malo que ha quedado en su lugar: como un sendero árido donde alguien sembró piedras o por la sonrisa de rosas mosquetas perfumando algún jardín.
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