El ruido inconfundible de la pelota desinflada rebotando sin pausa, le avisa a Sara que Edgardo ya está impaciente en el patio.
Son las nueve y media de la mañana en el primer día de verano de mil novecientos cincuenta y seis, poco falta para su cumpleaños numero seis. Sara ya está lista para bajar, parada en el primer peldaño de la escalera de cemento gris, protegida con una baranda media despintada que desemboca en el gran patio de la casona.
Alrededor de las diez, el patio recién trapeado se ve limpio muy limpio y aunque los rayos del sol pretendan iluminarlo, sus baldosas deslucidas no pueden ocultar el desgaste del tiempo.Solamente parecen revivir cada mañana cuando las risas de Sara y Edgardo estallan en ellas correteando después del desayuno.
Así sorprenden a un par de gorriones reunidos en un charco olvidado cerca de una rejilla. así también despiertan a la tortuga que habita en un cuadrado de tierra bastante sucio que hay más adelante.
Edgardo consigue la pelota y con el mismo método eficaz y persuasivo de siempre convence a Sara, para ser la primera en recibir los contundentes pelotazos que la consagrarán como la heroína de esa mañana. Confiando plenamente en el éxito asegurado vaticinado por el dueño de la pelota, dos años mayor que ella, se prepara en el rincón del lado izquierdo, pasando la puerta marrón descascarada que da al pasillo de salida, único lugar seguro sin vidrios en peligro.
Con los brazos abiertos, echada hacia adelante, rodillas flexionadas, se concentra en el balón y en el pie de su primo Edgardo, quien con sus 8 años cumplidos y sin medir fuerzas ni palabras, arremete con el primer pelotazo. Sin misericordia y burlando el espacio y las pequeñas manos de Sara festeja con un ensordecedor grito, el primer gol de la jornada. De la misma manera llega el segundo y hasta un tercero, dejando a Sara entre frustrada y confundida, aceptando que la consagración andaba cerca aunque no se hizo efectiva ese día. Simplemente por un resbalón del destino su gloria quedó registrada para la mañana siguiente después del desayuno.
Susana Scorpiniti
(25/04/2010)
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