sábado, 11 de febrero de 2012

(47) Solo entre las hojas


Recostado en la vereda gris y barrosa, sentía como mi cuerpo se iba enfriando lentamente. El viento soplaba haciendo que las hojas de los árboles cayeran a mi alrededor. Malevo, sentado a mi lado me lamía, entendía lo que pasaba, sabía que ese había sido nuestro último paseo. Y allí estaba Laura, parada frente a mí, con su piel blanca brillando a la luz de la luna. Sus ojos negros enrojecidos a punto de estallar por el llanto. Su mano aún temblorosa, sostenía todavía el cuchillo manchado de sangre y odio con el que desgarró mis entrañas.
Súbitamente sentí como mi corazón se detuvo. No podía culparla, los celos y mi abandono, la condujeron sigilosamente a la locura, había quedado atrapada entre mis noches de juerga y mi vida escandalosa.
Y aunque mi cuerpo yacía inerte como parte de la tierra misma, mi alma seguía palpitando, marcando los compases de mi música inconfundible. La misma música que entre rock y tango, inundó de estrellas y llenó de espinas el corazón de la pequeña Laura.

Repentinamente las luces de un nuevo escenario, se encendieron. Empecé a andar el camino sin saber hacia adonde conducía. Ya no oía los aplausos, ya no estaban mis amigos, ni llevaba mi guitarra. Solo escuchaba mi música que por alguna razón, todavía, seguía sonando

Susana Scorpiniti
(25/09/2011)

lunes, 10 de octubre de 2011

(46) Mientras mis ramas te cantan...

Ay muchacho, si supieras por un instante como disfruto de tu compañía!. Ansioso, en silencio, te observo. Trabajas afanosamente las tres horas que dura tu jornada a puro rastrillo y pala, levantando hasta la última hoja que los cochinos plátanos desparraman por la plaza. Se que después te sientes cansado, te sientes sediento, por eso te espero. Y es en ese mágico momento cuando vienes a mi encuentro. Y si el viento ayuda, agito mis ramas y muevo mis hojas, es mi manera de pedir que te acuestes a mi lado. Que saques de tu bolsa el libro pequeño que tanto nos gusta y que leamos juntos "El árbol y el niño", esa poesía que a los dos deleita.
Y al cabo de un rato te quedas dormido, mientras mis ramas te cantan y mi viejo cuerpo te acuna.
Y cuando llegue el momento para despertarte, dejaré caer la flor más roja que tenga en mi cabellera, como el mejor de mis regalos sobre aquel libro pequeño.
Se que una novia te espera, que se llama Carla y que guardas su foto en tu bolsillo derecho.
Vete ya muchacho, está anocheciendo y un amor te acecha. Yo en cambio, me quedaré solo, en medio de esta plaza, llorando mi pena.
Por ese cartel que llevas en el pecho, se que te llamas Eusebio, a mi no me dieron cartel, todos por aquí me llaman Ceibo.

Susana Scorpiniti
(07/10/2011)

domingo, 9 de octubre de 2011

(45 ) Sin sospecha


Volvía a la vecindad después de un tiempo. La encontró cambiada casi irreconocible. En el camino se vio tentada por un bar paquete; se dio cuenta que era la misma esquina donde Don Carlos tenía la zapatería. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas y pidió un café. Después de estar mirando un rato a través del vidrio, vio pasar a Ana, su maetra de cuarto grado. La recordaba alta y con pelo oscuro, se entristeció al reconocerla detrás de las canas. Encorvada parecía más pequeña.
Al rato pasó Carmelo, el dueño de la despensa donde su tía Irene compraba con libreta. Le llamó la atención su gran panza; nadie diría hoy que había sido reconocido en el club del barrio como campeón zonal de natación. Era un pueblo chico pero no todos habian tomado la decisión de marcharse igual que su familia, como Manuel, quien también estaba sentado en el bar. Había llegado antes que ella, y a pesar de haber sido amigos cuando era chicos, hoy no se animaba a acercarse. Un secreto los unía desde hacía largo tiempo: Rodolfo Ferreyra. El gordo Ferreyra aparecía una y otra vez en lops sueños de ambos como en extrañas pesadillas.
Los padres de Amelia, optaron por poner espacio a lo sucedido, yéndose del pueblo, sin imaginarse la historia completa.
Sucedió una tarde, cuando ella salía de la escuela. Pasó primero por la biblioteca y ya no alcanzó al grupo de compañeros que solían volver por camino del arroyo, entre ellos Manuel. Rodolfo vivía con su padre en una de las cabañas para leñadores, en las inmediaciones. Tenía quince años, era ermitaño, no salía con los otros adolescentes del pueblo y faltaba seguido a la escuela. Su padre era comerciante, gruñón, de mal genio y ese día estaba ausente por negocios.
Solo y aburrido en la casa, comenzó a beber mientras miraba televisión. Al terminar el programa, alrededor de las tres de la tarde, algo mareado, salió hablando solo y a los tumbos caminó a la deriva internándose en el área boscosa que rodeaba el pueblo. Sorpresivamente, por el sendero que llevaba al arroyo, se tropieza con Amelia, quien amablemente le sonrió. Lejos de reconocerla y fuera de si por la bebida, empezó a agraviarla con palabras groseras que la sorprendieron.
Asustada por la actitud agresiva del muchacho, gritó fuerte pidiendo ayuda y al segundo intento, fue silenciada por Rodolfo quien de una bofetada la tiró al piso.
Manuel también se había demorado ese día despues de clase en el gimnasio. Regresando a su casa por el sendero de siempre, escuchó los gritos. Se apresuró para ver que pasaba; al ver a Amelia tirada en el piso y a Rodolfo trtando de golpearla, recogió una enorme piedra que encontró entre los arbustos y de una corrida consiguió arrojársela en la cabeza derribándolo del primer golpe.
Rápidamente ayudo a su amiga a incorprarse, mientras observaba a Rodolfo inmóvil en el suelo.
Acordaron entre los dos acomodarlo debajo de un árbol. Tiempo atrás Manuel había hecho un curso de Primeros Auxilios, por eso supo enseguida que Rodolfo estaba muerto a causa de la certera pedrada.
Desorientados, pensando en las consecuencias, solo atinaron en correr y correr sin mirar hacia atrás. El cuerpo fue encontrado por su padre días después, a pesar de las investigaciones, el caso nunca fue resuelto.
La depresión de Amelia fue el detonante para que sus padres se mudaran, aunque nunca supieron que la provocó. Manuel se quedó en el pueblo. Don Carlos sepultó solo a su hijo y nunca más se supo de él.
Después de un rato, Manuel se animó a acercarse y parado frente a ella le sonrió. Luego de un par de cafés, salieron a caminar y llegaron al bosque. El lugar se veía diferente. Un cerca blanco con flores cuidadas, rodeaba una tumba, la de Rodolfo. Estuvieron algunos minutos callados tratando de silenciar el lamento de sus almas por tan oscuro recuerdo. Una voz ronca saliendo del bosque, los sorprende_ Son los primeros que visitan su tumba!_¿Acaso conocían a mi hijo? Preguntó el anciano.

Susana Scorpiniti
(01/09/2011)

(44) Hola Martina !


Cuando recibas mi carta estaré lejos. Decido escribirte inspirado en el insólito sentimiento que undía avivaste en mi, tan diferente que casi olvido la realidad de mi existencia. La misma que brota y se oculta frente a ti en cada noche desde hace un año.
Tu pasión incondicional y tu dedicación por las cosas que dan sentido a mi vida, interfirieron, dejando asomar mi ingratitud y mi egoismo como alternativa, para mantenerme alejado del miedo, al quedarme solo.
Hoy, en este cuarto de hotel recordándote, y mirándome al espejo, puedo ver que mi vida va perdiendo brillo por el desgaste de la culpa.
Con inusitada cobardía, construyo día a día, esta estraña emoción que me ayuda a conservar tu compañía.
Pero tu desmedida amistad sin condiciones, ha sobrepasado mis expectativas y no puedo seguir engañándote. Soy gay Martina, soy gay. Ya no volveré a enloquecer contigo en ninguna otra noche de lujuria insatisfecha, aunque por ello me condene eternamente a vivir en soledad.
Tu amigo por siempre,
Gaby

Susana Scorpiniti
(10/10/2011)

(43) Manos tibias


Juana no podía soportar la vergüenza, La batahola frente a su casa preguntando por su hija terminó con su paciencia. Por eso al cumplir Yesenia dieciocho años y aprovechando la beca que había ganado la envió a estudiar a la ciudad.
La muchacha no perdió tiempo. Al llegar, después de inscribirse en la escuela, buscó a su tía Gloria, hermana mayor de Juana, quien vivía en uno de los suburbios.
La confianza entre las dos creció rápidamente, por eso en una de tantas tardes que pasaban juntas, Yesenia le contó los motivos que la alejaron del pueblo y de su madre.
Le describió de sus extrañas sensaciones al estar próxima a una persona enferma. También le relató cuando fue sorprendida por ese calor en las palmas de sus manos. Ocurrió por primera vez en el fondo de su casa, cuando ella cumplía siete años, jugando con su amiga Sara, quien al trepar a uno de los árboles, resbaló y cayó, quedando inconciente por el golpe en la cabeza. Al verla tendida en el césped, asustada llamó a su madre. Cuando Juana se acercó, la vió con las dos manos posadas en la frente de su amiga. Yesenia le dijo además a su tía, que estuvo arrodillada por algunos minutos hasta que Sara abrió los ojos y que al mirarle la cabeza, se dió cuenta que milagrosamente la herida había sanado, agregando que después de ese episodio, sus manos tibias se hicieron más populares de lo esperado. La casa era visitada por el vecindario, bastante seguido.
La tía Gloria escuchaba la historia atentamente, cada tanto sonreía sin sorprenderse demasiado, ella tenía su propia historia y era similar a la de su sobrina, pensó entonces que era un buen momento para aconsejarla. Lo primero que le hizo saber fue que las personas no siempre son lo que parecen en estos casos y que no todo aquel que recibiera el calor de sus manos sería sanado.
Al cabo de algunos meses, a la hora de la cena, sonó el teléfono, Gloria respondió y al colgar, la muchacha notó preocupación en el rostro de su tía. Juana había enfermado gravemente y quería verla. Esa misma noche, después de poner algo de ropa en el bolso, Yesenia partió.
Al llegar a la casa, entró corriendo. Su madre en el cuarto, reposaba inmóvil en la cama, y al abrazarla, comenzó a sentir ese calor característico e inconfundible que le brotaba de las palmas. Sin perder tiempo, las posó sobre su frente y al cabo de un rato, rendida y extenuada, se quedó dormida.
Horas más tarde, inesperadamente, una caricia familiar la despertó como cuando era niña. Abrió los ojos y allí estaba Juana, su madre, que a su lado sonreía.

Susana Scorpiniti
(14/09/2011)

(42) Una niña y un violín


Violeta partió una mañana a la salida del sol. Creyó haber dejado atrás angustias, una tragedia familiar que no daba tregua a su corazón y una madre.
Viajó muchos kilómetros parando en todos los poblados.Buscaba el lugar exacto donde empezar su nueva historia. No andaba sola, en la mochila, siguiéndola de cerca, se escondía su pasado. Llevaba a cuestas el abandono de su padre quien desapareció una mañana sin dejar rastro después de la muerte de su hermano mayor, ahogado en el arroyo un desventurado verano. Su madre comenzó a deambular en silencio por la casa, un silencio desgarrador donde refugió su dolor.
En ese entorno la niña iba creciendo abrazada a una muñeca vieja, en un columpio oxidado, imaginándose el mundo.
Una de esas tardes después de cenar salió al porch. y escucho por primera vez a su vecino tocar el violín. Al cabo de un tiempo estos pequeños ratos se tornaron indispensables en la vida sencilla de la niña, quien seguía tarareando la misma melodía hasta subir a su cuarto y quedarse dormida, contaba su madre sorprendida.
Don Carlos, el vecino, no perdió mucho tiempo y en el cumpleaños siguiente le obsequió un violín, que mandó a grabar con su nombre y la promesa de ayudarla con las clases cada semana.
Durante dos años, ambos se sentaban en el jardín y disfrutaban de la música, hasta que una tarde Violeta quedó esperando. El maestro no llegó.
Al día siguiente, salió a caminar por el área comercial de la zona. Miraron muchas vidrieras pero una casa de compraventas les llamó la atención por los curiosos artículos que allí vendían.
Arnaldo, el vendedir, era amigo de Don Carlos, de hecho fue quien le vendió el violín grabado, por eso la saludó amablemente y le contó que su maestro se había accidentado y debía estar hospitalizado varias semanas.
Cuando el vecino volvió a su casa, la niña fue a visitarlo. Al entrar se encontró con el dueño de la propiedad discutiendo acaloradamente con Don Carlos, pidiéndole los tres meses de alquiler que le adeudaba, caso contrario sería desalojado.
Violeta volvió a su casa muy preocupada, pensando que su maestro tendría mudarse por no poder pagar. Una de esas tardes, al regresar de la escuela, enfundó en violín y se dirigió al local de compraventas, y sin dudarlo le preguntó a Arnaldo si le compraba el violín, además le dijo que el dinero sería para un amigo en parietos a punto de ser desalojado. Después de escuchar la historia completa, el hombre se lo compró por quinientos pesos. Pensando que así quedarían solucionados los problemas financieros del maestro, corrió a entregárselos. Mientras tanto, Arnaldo llamó a Don Carlos y le contó sobre la visita de niña.
Varias semanas pasaron desde aquel desafortunado episodio que dejó a Violeta sin su violín.
Era s-abado y llovía, cuando un mensajero tocó a su puerta, preguntó por ella, y le dejó una caja sin remitente. Al abrirla, sus ojos de iluminaron, el violín estaba adentro.
La lluvia cesó y por la tarde todo lo que vivía en el jardín, volvió a palpitar, lo mismo hizo el corazón de su maestro, quien apoyado en la ligustrina que dividía los dos patios, escuchaba atento.
Hoy con veinticinco años, Violeta se sentía segura, ya podía dirigir sola el concierto de todos sus recuerdos. Don Carlos siempre se mantuvo cerca de su obra mejor valuada, mientras la tierna melodía de un violín, acariciaba sin pausa los sueños de una niña.

Susana Scorpiniti
(01/10/2011)

sábado, 24 de septiembre de 2011

(41) La Caja del Abuelo


La luna lucía extraña desde las ventanas del cacerío, era verano y se veía encendida como si fuera el sol a la medianoche. Se escuchaban voces a lo lejos, eran unos cuantos niños y un perro quienes habían decidido pasar la noche en el claro del bosque. Uno de ellos traía una caja de madera cerrada con un candado de bronce. Dijo que la había encontrado en el cuartito donde su abuelo tenía las herramientas y que guardaba un secreto de familia.
Se acomodaron en rueda, prendieron una fogata y abrieron la caja rompiendo el candado. Tapado de polvo apareció un pequeño libro con una cubierta gris donde se leía "Mensaje en la Oscuridad". Al hojearlo, un olor nauseabundo salía de sus páginas y un viento arrasante comenzó a agitar las ramas mientras las hojas se iluminaban como pequeños espejos. Lo que veían iba más allá de lo conocido. Destellos como copos incandescentes se desprendían de la luna y caían incesantemente posándose en las copas de los árboles y deslizándose entre las raíces enredadas en el suelo rocoso. curiosamente se confundían con el plumaje blanco de los búhos, que quedaron inmóviles al ver las flores silvestres desplegando sus pétalos a la medianoche. Por el asombro. sus ojos amarillos permanecerían abiertos para siempre. Y entonces la música. Comenzó suave hasta convertirse en contundente y uniforme.
Por las extrañas luces que la luna dejaba caer como rocío en la espesura, los niños apagaron la fogata y corrieron a esconderse detrás de los arbustos cubriéndose con las frazadas.
Espiaban en silencio tratando de decifrar los mensajes ocultos en la música.
Inesperadamente apareció en el horizonte un resplandor majestuoso que con singular cadencia se acercaba a ellos. Los acordes sonaron más fuertes, avisando a las pequeñas luminarias que como chispazos desparejos iban desapareciendo impulsados hacia la enorme luz. Embobados vieron como todo aquello fantástico se desvenecía frente a sus ojos, perdiéndose en la lejanía.
Debajo de las frazadas los cuatro respiraban aliviados. La caja estaba apenas unos metros delante de ellos pero ninguno se atrevía a acercarse. Finalmente el más osado tomó coraje, de una corrida tomó el libro y de un manotazo lo metió en la caja, luego, sin mucho que pensar lo enterraron entre los árboles. El perro alerta observaba.
Ya en la mañana, algo confundidos y cansados por no haber dormidos, llegaron al pueblo. Decidieron sentarse un rato en la escalinata de la plaza. Conversaban nerviosos y se prometiron no volver a hablar del asunto. De pronto escucharon ladrar al perro que venía corriendo desde el bosque trayendo algo en el hocico, al detenerse lo dejó caer frente a ellos. Se espantaron al ver que se trataba del pequeño libro que al abrirse liberó con el polvo, aquel nauseabundo y misterioso olor.

Susana Scorpiniti
(06/08/2011
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