domingo, 9 de octubre de 2011

(45 ) Sin sospecha


Volvía a la vecindad después de un tiempo. La encontró cambiada casi irreconocible. En el camino se vio tentada por un bar paquete; se dio cuenta que era la misma esquina donde Don Carlos tenía la zapatería. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas y pidió un café. Después de estar mirando un rato a través del vidrio, vio pasar a Ana, su maetra de cuarto grado. La recordaba alta y con pelo oscuro, se entristeció al reconocerla detrás de las canas. Encorvada parecía más pequeña.
Al rato pasó Carmelo, el dueño de la despensa donde su tía Irene compraba con libreta. Le llamó la atención su gran panza; nadie diría hoy que había sido reconocido en el club del barrio como campeón zonal de natación. Era un pueblo chico pero no todos habian tomado la decisión de marcharse igual que su familia, como Manuel, quien también estaba sentado en el bar. Había llegado antes que ella, y a pesar de haber sido amigos cuando era chicos, hoy no se animaba a acercarse. Un secreto los unía desde hacía largo tiempo: Rodolfo Ferreyra. El gordo Ferreyra aparecía una y otra vez en lops sueños de ambos como en extrañas pesadillas.
Los padres de Amelia, optaron por poner espacio a lo sucedido, yéndose del pueblo, sin imaginarse la historia completa.
Sucedió una tarde, cuando ella salía de la escuela. Pasó primero por la biblioteca y ya no alcanzó al grupo de compañeros que solían volver por camino del arroyo, entre ellos Manuel. Rodolfo vivía con su padre en una de las cabañas para leñadores, en las inmediaciones. Tenía quince años, era ermitaño, no salía con los otros adolescentes del pueblo y faltaba seguido a la escuela. Su padre era comerciante, gruñón, de mal genio y ese día estaba ausente por negocios.
Solo y aburrido en la casa, comenzó a beber mientras miraba televisión. Al terminar el programa, alrededor de las tres de la tarde, algo mareado, salió hablando solo y a los tumbos caminó a la deriva internándose en el área boscosa que rodeaba el pueblo. Sorpresivamente, por el sendero que llevaba al arroyo, se tropieza con Amelia, quien amablemente le sonrió. Lejos de reconocerla y fuera de si por la bebida, empezó a agraviarla con palabras groseras que la sorprendieron.
Asustada por la actitud agresiva del muchacho, gritó fuerte pidiendo ayuda y al segundo intento, fue silenciada por Rodolfo quien de una bofetada la tiró al piso.
Manuel también se había demorado ese día despues de clase en el gimnasio. Regresando a su casa por el sendero de siempre, escuchó los gritos. Se apresuró para ver que pasaba; al ver a Amelia tirada en el piso y a Rodolfo trtando de golpearla, recogió una enorme piedra que encontró entre los arbustos y de una corrida consiguió arrojársela en la cabeza derribándolo del primer golpe.
Rápidamente ayudo a su amiga a incorprarse, mientras observaba a Rodolfo inmóvil en el suelo.
Acordaron entre los dos acomodarlo debajo de un árbol. Tiempo atrás Manuel había hecho un curso de Primeros Auxilios, por eso supo enseguida que Rodolfo estaba muerto a causa de la certera pedrada.
Desorientados, pensando en las consecuencias, solo atinaron en correr y correr sin mirar hacia atrás. El cuerpo fue encontrado por su padre días después, a pesar de las investigaciones, el caso nunca fue resuelto.
La depresión de Amelia fue el detonante para que sus padres se mudaran, aunque nunca supieron que la provocó. Manuel se quedó en el pueblo. Don Carlos sepultó solo a su hijo y nunca más se supo de él.
Después de un rato, Manuel se animó a acercarse y parado frente a ella le sonrió. Luego de un par de cafés, salieron a caminar y llegaron al bosque. El lugar se veía diferente. Un cerca blanco con flores cuidadas, rodeaba una tumba, la de Rodolfo. Estuvieron algunos minutos callados tratando de silenciar el lamento de sus almas por tan oscuro recuerdo. Una voz ronca saliendo del bosque, los sorprende_ Son los primeros que visitan su tumba!_¿Acaso conocían a mi hijo? Preguntó el anciano.

Susana Scorpiniti
(01/09/2011)

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