
Juana no podía soportar la vergüenza, La batahola frente a su casa preguntando por su hija terminó con su paciencia. Por eso al cumplir Yesenia dieciocho años y aprovechando la beca que había ganado la envió a estudiar a la ciudad.
La muchacha no perdió tiempo. Al llegar, después de inscribirse en la escuela, buscó a su tía Gloria, hermana mayor de Juana, quien vivía en uno de los suburbios.
La confianza entre las dos creció rápidamente, por eso en una de tantas tardes que pasaban juntas, Yesenia le contó los motivos que la alejaron del pueblo y de su madre.
Le describió de sus extrañas sensaciones al estar próxima a una persona enferma. También le relató cuando fue sorprendida por ese calor en las palmas de sus manos. Ocurrió por primera vez en el fondo de su casa, cuando ella cumplía siete años, jugando con su amiga Sara, quien al trepar a uno de los árboles, resbaló y cayó, quedando inconciente por el golpe en la cabeza. Al verla tendida en el césped, asustada llamó a su madre. Cuando Juana se acercó, la vió con las dos manos posadas en la frente de su amiga. Yesenia le dijo además a su tía, que estuvo arrodillada por algunos minutos hasta que Sara abrió los ojos y que al mirarle la cabeza, se dió cuenta que milagrosamente la herida había sanado, agregando que después de ese episodio, sus manos tibias se hicieron más populares de lo esperado. La casa era visitada por el vecindario, bastante seguido.
La tía Gloria escuchaba la historia atentamente, cada tanto sonreía sin sorprenderse demasiado, ella tenía su propia historia y era similar a la de su sobrina, pensó entonces que era un buen momento para aconsejarla. Lo primero que le hizo saber fue que las personas no siempre son lo que parecen en estos casos y que no todo aquel que recibiera el calor de sus manos sería sanado.
Al cabo de algunos meses, a la hora de la cena, sonó el teléfono, Gloria respondió y al colgar, la muchacha notó preocupación en el rostro de su tía. Juana había enfermado gravemente y quería verla. Esa misma noche, después de poner algo de ropa en el bolso, Yesenia partió.
Al llegar a la casa, entró corriendo. Su madre en el cuarto, reposaba inmóvil en la cama, y al abrazarla, comenzó a sentir ese calor característico e inconfundible que le brotaba de las palmas. Sin perder tiempo, las posó sobre su frente y al cabo de un rato, rendida y extenuada, se quedó dormida.
Horas más tarde, inesperadamente, una caricia familiar la despertó como cuando era niña. Abrió los ojos y allí estaba Juana, su madre, que a su lado sonreía.
Susana Scorpiniti
(14/09/2011)
La muchacha no perdió tiempo. Al llegar, después de inscribirse en la escuela, buscó a su tía Gloria, hermana mayor de Juana, quien vivía en uno de los suburbios.
La confianza entre las dos creció rápidamente, por eso en una de tantas tardes que pasaban juntas, Yesenia le contó los motivos que la alejaron del pueblo y de su madre.
Le describió de sus extrañas sensaciones al estar próxima a una persona enferma. También le relató cuando fue sorprendida por ese calor en las palmas de sus manos. Ocurrió por primera vez en el fondo de su casa, cuando ella cumplía siete años, jugando con su amiga Sara, quien al trepar a uno de los árboles, resbaló y cayó, quedando inconciente por el golpe en la cabeza. Al verla tendida en el césped, asustada llamó a su madre. Cuando Juana se acercó, la vió con las dos manos posadas en la frente de su amiga. Yesenia le dijo además a su tía, que estuvo arrodillada por algunos minutos hasta que Sara abrió los ojos y que al mirarle la cabeza, se dió cuenta que milagrosamente la herida había sanado, agregando que después de ese episodio, sus manos tibias se hicieron más populares de lo esperado. La casa era visitada por el vecindario, bastante seguido.
La tía Gloria escuchaba la historia atentamente, cada tanto sonreía sin sorprenderse demasiado, ella tenía su propia historia y era similar a la de su sobrina, pensó entonces que era un buen momento para aconsejarla. Lo primero que le hizo saber fue que las personas no siempre son lo que parecen en estos casos y que no todo aquel que recibiera el calor de sus manos sería sanado.
Al cabo de algunos meses, a la hora de la cena, sonó el teléfono, Gloria respondió y al colgar, la muchacha notó preocupación en el rostro de su tía. Juana había enfermado gravemente y quería verla. Esa misma noche, después de poner algo de ropa en el bolso, Yesenia partió.
Al llegar a la casa, entró corriendo. Su madre en el cuarto, reposaba inmóvil en la cama, y al abrazarla, comenzó a sentir ese calor característico e inconfundible que le brotaba de las palmas. Sin perder tiempo, las posó sobre su frente y al cabo de un rato, rendida y extenuada, se quedó dormida.
Horas más tarde, inesperadamente, una caricia familiar la despertó como cuando era niña. Abrió los ojos y allí estaba Juana, su madre, que a su lado sonreía.
Susana Scorpiniti
(14/09/2011)
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