Sin poder disimular el intenso dolor de muelas que lo tortura desde hace tres días, Lorenzo sube al consultorio del 5º piso.
Al bajar del ascensor y luego de golpear una sencilla puerta, es recibido por Berta, la asistente del odontólogo quien lo invita con una sonrisa, a tomar asiento en los sillones de la sala. Cuando queda solo y en silencio con su padecimiento a cuestas, se relaja para sentir algo de alivio. Elige el sillón más grande donde poder desparramarse y estirar mejor los brazos sobre el respaldo, acomodando su cabeza hacia atrás.
El deseo de sacarse los zapatos cruza su mente. Distraído mira el reloj que marca las tres y media de la tarde. En la pared frente a él se muestra un enorme almanaque con la fotografía de un tigre destacándose en la penumbra de la selva.
Los ojos entreabiertos de Lorenzo observan la escena, mientras una extraña neblina lo va envolviendo. Cuando sus párpados terminan de cerrarse, su rostro relajado ya no refleja dolor, la luz de su realidad se apaga. Ya dormido viaja solo atravesando el tunel de los milagros, arrivando de improviso al lugar donde la fantasía queda atrapada en medio del amanecer y el crepúsculo. Lorenzo se sorprende al verse sentado bajo un árbol, de noche, vestido con el uniforme azul de la escuela y la mochila cargada de libros todavía colgando de su espalda.
La luna llena ilumina el claro del bosque nutriendo la inspiración de los cantores de la noche. Comienza a caminar, extraños senderos se abren a su paso, los árboles se agitan dándole la bienvenida como si fuera un nuevo huésped en la espesura. Súbitamente un sonido desentona la calma.
Quiere comprobar de que se trata, pero la niebla que cubre la jungla se hace cómplice del místico paisaje desorientando a Lorenzo que no logra entender lo que sucede. Su corazón palpita desconfiado, acelera el paso. El retumbo, ahora más cercano, lo despista, la adrenalina lo invade. Las hojas secas crukiendo y chasqueando detrás de él lo alertan. Aterrado, comienza a correr utilizando sus brazos como remos para apartar las ramas que golpean su cara. De repente el sonido se mezcla con el susurro de un río que aparece frente suyo. Ve que un enorme tronco lo atraviesa, se apresta a pasar a la otra orilla. Le cuenta mantenerse firme, el tronco se arquea lentamente, trastabilla y cae. Un enorme árbol, arrastrado por la corriente se acerca peligrosamente a él en el torbellino. Sin pensalo mucho, convencido de su oportunidad, se aferra a una de sus ramas, comenzando la loca travesía río abajo, llevado por la correntada. Sin poder distinguir la orilla, solo piensa en patalear de manera constante lo más rápido posible, rogando en voz alta que sus piernas no se acalambren.
A su alrededor otros troncos y piedras entorpecen aún más el accidentado viaje. Sus piernas y brazos golpean contra todo lo que el agua arrastra con furia. A la deriva, con mucha fortuna, que da medio enredado en la maleza de un recoveco. Sin dudarlo y como puede, sube la cresta y empieza a caminar por la orilla barrosa.
La mochila ya no cuelga de su espalda y su ropa son ahora harapos mojados. Presiente que no está solo, que nunca lo estuvo. Vuelve a recordar aquel chasquido de hojas secas y se detiene. Mira hacia atrás y lo que ve lo aterra. Los ojos verdes , como esmeraldas, de un enorme tigre, están mirándolo fijamente. Ahora entiende que la carrera por su vida recién comienza y que trepando a cualquiera de los árboles tendría alguna oportunidad. Con sus uñas ensangrentadas y la mirada del feroz felino clavada en su espalda, logra encaramarse al primero que encuentra. Lorenzo se rinde estenuado por tanto esfuerzo. El tigre, sorpresivamente, hace lo mismo, durmiéndose a los pies del árbol. Pero un malestar sigue incomodándole, algo no está bien. Una mano le sacude el hombro. Una voz le susurra al oído _ ¡Lorenzo, Lorenzo...el doctor te espera...!. Al abrir los ojos y levantar la mirada, los ojos verdes, verdísimos de Berta, como esmeraldas, están mirándolo fijamente.
Susana Scorpiniti (12/07/2011)
Al bajar del ascensor y luego de golpear una sencilla puerta, es recibido por Berta, la asistente del odontólogo quien lo invita con una sonrisa, a tomar asiento en los sillones de la sala. Cuando queda solo y en silencio con su padecimiento a cuestas, se relaja para sentir algo de alivio. Elige el sillón más grande donde poder desparramarse y estirar mejor los brazos sobre el respaldo, acomodando su cabeza hacia atrás.
El deseo de sacarse los zapatos cruza su mente. Distraído mira el reloj que marca las tres y media de la tarde. En la pared frente a él se muestra un enorme almanaque con la fotografía de un tigre destacándose en la penumbra de la selva.
Los ojos entreabiertos de Lorenzo observan la escena, mientras una extraña neblina lo va envolviendo. Cuando sus párpados terminan de cerrarse, su rostro relajado ya no refleja dolor, la luz de su realidad se apaga. Ya dormido viaja solo atravesando el tunel de los milagros, arrivando de improviso al lugar donde la fantasía queda atrapada en medio del amanecer y el crepúsculo. Lorenzo se sorprende al verse sentado bajo un árbol, de noche, vestido con el uniforme azul de la escuela y la mochila cargada de libros todavía colgando de su espalda.
La luna llena ilumina el claro del bosque nutriendo la inspiración de los cantores de la noche. Comienza a caminar, extraños senderos se abren a su paso, los árboles se agitan dándole la bienvenida como si fuera un nuevo huésped en la espesura. Súbitamente un sonido desentona la calma.
Quiere comprobar de que se trata, pero la niebla que cubre la jungla se hace cómplice del místico paisaje desorientando a Lorenzo que no logra entender lo que sucede. Su corazón palpita desconfiado, acelera el paso. El retumbo, ahora más cercano, lo despista, la adrenalina lo invade. Las hojas secas crukiendo y chasqueando detrás de él lo alertan. Aterrado, comienza a correr utilizando sus brazos como remos para apartar las ramas que golpean su cara. De repente el sonido se mezcla con el susurro de un río que aparece frente suyo. Ve que un enorme tronco lo atraviesa, se apresta a pasar a la otra orilla. Le cuenta mantenerse firme, el tronco se arquea lentamente, trastabilla y cae. Un enorme árbol, arrastrado por la corriente se acerca peligrosamente a él en el torbellino. Sin pensalo mucho, convencido de su oportunidad, se aferra a una de sus ramas, comenzando la loca travesía río abajo, llevado por la correntada. Sin poder distinguir la orilla, solo piensa en patalear de manera constante lo más rápido posible, rogando en voz alta que sus piernas no se acalambren.
A su alrededor otros troncos y piedras entorpecen aún más el accidentado viaje. Sus piernas y brazos golpean contra todo lo que el agua arrastra con furia. A la deriva, con mucha fortuna, que da medio enredado en la maleza de un recoveco. Sin dudarlo y como puede, sube la cresta y empieza a caminar por la orilla barrosa.
La mochila ya no cuelga de su espalda y su ropa son ahora harapos mojados. Presiente que no está solo, que nunca lo estuvo. Vuelve a recordar aquel chasquido de hojas secas y se detiene. Mira hacia atrás y lo que ve lo aterra. Los ojos verdes , como esmeraldas, de un enorme tigre, están mirándolo fijamente. Ahora entiende que la carrera por su vida recién comienza y que trepando a cualquiera de los árboles tendría alguna oportunidad. Con sus uñas ensangrentadas y la mirada del feroz felino clavada en su espalda, logra encaramarse al primero que encuentra. Lorenzo se rinde estenuado por tanto esfuerzo. El tigre, sorpresivamente, hace lo mismo, durmiéndose a los pies del árbol. Pero un malestar sigue incomodándole, algo no está bien. Una mano le sacude el hombro. Una voz le susurra al oído _ ¡Lorenzo, Lorenzo...el doctor te espera...!. Al abrir los ojos y levantar la mirada, los ojos verdes, verdísimos de Berta, como esmeraldas, están mirándolo fijamente.
Susana Scorpiniti (12/07/2011)





