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miércoles, 25 de noviembre de 2009

(10) CUENTOS INFANTILES


(2) "El Niño del Bosque Púrpura"


Era tanta la atracción que sentía por el misterio encerrado en el bosque que no dudaba en recorrerlo cada día como la primera vez, saltando y correteando hasta caer rendido
después de haber comido hasta hartarse, los jugozos frutos rojos que abundaban a orillas del arroyo. Todo a su alrededor sonaba familiar para Jonas, el pequeño niño del bosque púrpura, como canciones de cuna para una larga siesta, siendo interrumpida por los truenos y relámpagos despertando justo al anochecer.

Con sus cortos 6 años su valentía y audacia no fueron suficientes para alejar su miedo; acurrucado y tembloroso logró cobijarse
de la inesperada tormenta debajo de un matorral . Estaba muy lejos del cobertizo que en realidad era un enorme hueco en un árbol seco que lo protegía de la intemperie y de algunos peligros.
La historia no cuenta que pasó con sus padres pero si se sabe que de su cuello cuelga siempre una medalla, como única vestimenta, con un nombre grabado
JONAS.
La única familia que el niño conocía era una manada de lobos que lo adoptó como suyo. Ellos lo alimentaron desde que lo encontraron y le enseñaron a la perfección los secretos de la vida en la espesura del bosque, eludiendo los peligros aunque mas de una vez debía ser socorrido por Mamá Loba que siempre estaba alerta.

Hasta que una tarde, una caliente tarde del mes de diciembre un sorpresivo silencio invadió el bosque, las aves cesaron sus trinos y hasta el arroyo dejó de canturrear, las ardillas las garzas y las liebres corrían desesperadamente hacia el cobertizo donde detuv
ieron de repente su carrera justo frente a los lobos que al unísono y sin pausa aullaban paralizando el viento.
Inmóvil sobre las hojas secas yacía Mamá Loba, matriarca de la manada y protectora incondicional de Jonas quien arrodillado junto a ella lloraba desconsoladamente ante la impotencia de no poder hacer nada para volverla a la vida.

Dos horas antes de esta tragedia que cubrió de luto al bosque, Jonas nadaba y retozaba en el arroyo como lo hacía a diario, sin notar la presencia de un viejo puma hambriento, que agazapado detrás de unas piedras esperaba su oportunidad; cuando el pequeño salió del agua en busca de sus frutos preferidos para la merienda, el animal con su lento y sutil movimiento comenzó a deslizarse entre la maleza en dirección a su presa y justo cuando había encontrado el momento propic
io para hacerla suya, apareció Mamá Loba en escena, mostrándole al felino sus afilados colmillos, que no dudó en luchar por su alimento lanzándose de un gran salto sobre la loba, desgarrándole parte de su cuello quitándole así toda esperanza de triunfo en éste que sería su último combate.

El puma cesó su furia cuando la manada se hizo presente decidiendo con la ayuda de Jonas, que no salía de su estupor por los acontecimientos, arrastrar cuidadosamente a la loba hasta el cobertizo para poder llorar el luto como una verdadera familia
.
Después de tanto dolor y congoja acumulada, el pequeño volvió a caer rendido y a dormirse profundamente hasta la mañana; cuando despertó, la loba ya no estaba allí la manada ya se había enc
argado de ella como parte del ritual, mientras los lenguetazos de los más jóvenes le mostraban su afecto y compañía.

A pesar de todo lo vivido, el niño entendía que todo lo que aprendió un su corta e interesante vida de ese pequeño grupo de animales salvajes, había llegado la hora de ponerlo en práctica y sovrevivir en libertad como un Lobo Solitario
al abandonar el cobertizo para siempre.
Como por ejemplo usar la altura de los árboles para dormir seguro de las fieras hambrientas y descansar en los huecos de los árboles secos solamente en los días de lluvia, oler más de dos veces los frutos silvestres antes de comerlos para no arrepentirse mas tarde y tratar de
quedarse con la manada lo más que sea posible, ya que fue solamente de ella el único amor que Jonas "el niño del bosque púrpura", conoció.

Susana Scorpiniti

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(1) "GILDA"

Corría, corría y corría dejando atrás aquel prado amarillo intenso cubierto de girasoles, la caliente y temprana mañana se adueñó de los sueños de Gilda, la niña solitaria, quien acababa de mudarse a la pequeña casa de tejas azules al otro lado del río. Su Papá era carpintero y su Mamá, cuidaba de los girasoles que se podían divisar a la distancia.

Pequeña como era, el enorme corazón de Gilda y sus extrañas historias se hicieron conocidas en la región rápidamente, como así también, sus charlas con cada uno de los animales del lugar.

Pero había un secreto que Gilda guardaba celosamente y era el majestuoso poder de su mente que ella había descubierto desde hacía algún tiempo, notó que al reflejarse en sus enormes ojos verdes y sentir el calor de su presencia, los girasoles voltearan hacia ella. La primera vez que sucedió, el pequeño cuerpo de la niña quedó petrificado por el asombro pero igual logró comprobar que solamente al alejarse, muy lentamente las enormes flores volvían a girar regresando a su posición original. La curiosidad de Gilda, la hacía regresar cada mañana para jugar a las escondidas mientras era observada por las flores, deseando descubrir más de sus nuevas amigas. El verano llegaba a su fin y cada mañana, la niña contemplaba tristemente, como la belleza de las enormes flores se desvanecían a medida que los días transcurrían. Gilda desesperada, decidió compartir su gran secreto con la única persona que escuchaba sus historias atentamente hasta la última palabra, casi sin parpadear, era Soledad, su joven madre; quien después de escuchar su relato, tomando entre sus manos el rostro de la niña le dijo: Gilda, hijita mía, después de escucharte, entendí que yo soy la única persona en este momento que podría aliviar tu sufrimiento y no dudaré en hacerlo, ya verás.

Sin dejar pasar más tiempo, ese mismo día, Soledad sacó cuidadosamente de su jaula a la paloma blanca que tenían en el porch de la casa, regalo, especialmente para ella, del anciano que vivía anteriormente en esa casa, para que según él, la ayudara en algún momento difícil, que no estuviera en sus manos poder resolverlo, pero solo sería por única vez En aquel entonces, por el alboroto y la ansiedad de la nueva casa, Soledad no dio mayor importancia al regalo del anciano, y menos a sus palabras, solamente se limitó a observar la belleza, y el color blanco inmaculado del ave, pero hoy, la tristeza de su hija y el aleteo incesante de la paloma, le hicieron recordar las palabras del anciano y se le ocurrió una idea, convencida de que el momento del cual aquel hombre le había hablado había llegado.

A las 6 de la tarde, Soledad le pidió a su hija que la acompañara al campo de girasoles, Gilda se tomo de la mano derecha de su madre y observaba sorprendida a la paloma posada en la otra mano. Cuando llegaron al lugar, Soledad quedó atónita con la escena, los girasoles comenzaron a voltearse lentamente, y sus pétalos caídos se reflejaron en los ojos verdes de Gilda, como suplicándole, y en ese momento comenzó a producirse el milagro del cual hablaba el anciano, la paloma se acercó al girasol mas pequeño e indefenso. lo tomó suavemente entre sus patas y abriendo sus alas majestuosamente, volaron hacia el sol.

Por supuesto, Gilda, no entendía nada de lo que estaba viendo, pero Soledad, sí sabía del milagro y con palabras simples, se lo explico a su hija, que con los ojos como uvas, más grandes que nunca, escuchaba atentamente la respuesta de su madre.

Esa noche, Gilda se acostó temprano y después del beso de su Papá, esperaba ansiosa la llegada de su madre a la habitación para arroparla y charlar un ratito, pero cuando su madre entró, la pequeña ya estaba profundamente dormida, se sentó entonces a su lado y observando por la ventana del cuarto, vió volver a la paloma y mas allá en la lejanía del prado iluminado por la luna, la Hermosa Señora de quien tantas veces su hija le había hablado y que la acompañaba en casi todos su sueños, vino a despedirse, la adolescencia de Gilda está casi al llegar, el sendero hacia otra niñez la está esperando, porque los sueños serán otros y los perfumes serán otros y la música que la hará soñar será otra, porque la vida continúa; emocionada y abriendo sus manos, ¡vuela! murmuró Soledad, ¡vuela bien alto!, *, del otro lado del mundo está el verano más próximo, la tierra está caliente, los girasoles ardiendo y los sueños de los niños no pueden esperar.


Susana Scorpiniti