Con 82 años la Coca representaba el personaje del pueblo, gruñona y poco comunicativa, los vecinos apenas la saludaban, solo la veían sonreír con alguna travesura de los niños callejeros que merodeaban por los alrededores.
Habitaba una de las casas más grandes de la calle principal. Vivía sola hacía poco más de sesenta años, motivo suficiente para que los lugareños le achacaran más de una historia.
Una de tantas noches, la incesante lluvia caída, había taponado de hojas las alcantarillas, provocando que muchas callejuelas se inundaran, aunque para Coca era como cualquier día, salió temprano esa mañana, con botas de goma y una bufanda amarrada alrededor de su cabeza y la misma bolsa de siempre bajo el brazo.
Caminaba hasta perderse de vista por los terrenos que bordeaban las vías del ferrocarril, la veían regresar usualmente a paso lento como a las cinco de la tarde, pasando delante de la iglesia y dejando siempre en el umbral alguna flor para la virgen que recogía en el camino.
El Padre Damián, párroco del pueblo, la consentía como si fuera su propia abuela. Tiempo atrás la había seguido, descubriendo como y con quienes se acompañaba durante casi todo el día. Desde entonces y en secreto, vigilaba sus pasos sin que ella se diera cuenta.
Al comenzar la semana, el cura partió hacia un pueblo aledaño para atender asuntos familiares, ausentándose por algún tiempo, dejando a un asistente en su lugar.
La lluvia continuó durante varios días, debido al barro nadie transitaba por las veredas, los negocios cerraron a la hora de la siesta y no volverían a abrir hasta la mañana siguiente. Las calles quedaron desiertas, solo se escuchaba el alboroto de los chicos corriendo hacia la escuela, las campanas tocaron las siete.
El padre Damián volvía al pueblo después de cinco días. Desde temprano se paró en el portal para ver pasar a la anciana, pero la Coca no pasó. Se hicieron las nueve y empezó a impacientarse, decidió entonces correr hasta la casa.
Por lo que vió en el porch al llegar, supo que la abuela hacía días que no salía. Los perros que vagabundeaban por las vías abandonadas y a los que ella a diario alimentaba, supieron horas antes, que al mediodía partiría en su último viaje y quisieron estar a su lado para despedirla.
Susana Scorpiniti
(30/07/2011)
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