sábado, 24 de septiembre de 2011

(41) La Caja del Abuelo


La luna lucía extraña desde las ventanas del cacerío, era verano y se veía encendida como si fuera el sol a la medianoche. Se escuchaban voces a lo lejos, eran unos cuantos niños y un perro quienes habían decidido pasar la noche en el claro del bosque. Uno de ellos traía una caja de madera cerrada con un candado de bronce. Dijo que la había encontrado en el cuartito donde su abuelo tenía las herramientas y que guardaba un secreto de familia.
Se acomodaron en rueda, prendieron una fogata y abrieron la caja rompiendo el candado. Tapado de polvo apareció un pequeño libro con una cubierta gris donde se leía "Mensaje en la Oscuridad". Al hojearlo, un olor nauseabundo salía de sus páginas y un viento arrasante comenzó a agitar las ramas mientras las hojas se iluminaban como pequeños espejos. Lo que veían iba más allá de lo conocido. Destellos como copos incandescentes se desprendían de la luna y caían incesantemente posándose en las copas de los árboles y deslizándose entre las raíces enredadas en el suelo rocoso. curiosamente se confundían con el plumaje blanco de los búhos, que quedaron inmóviles al ver las flores silvestres desplegando sus pétalos a la medianoche. Por el asombro. sus ojos amarillos permanecerían abiertos para siempre. Y entonces la música. Comenzó suave hasta convertirse en contundente y uniforme.
Por las extrañas luces que la luna dejaba caer como rocío en la espesura, los niños apagaron la fogata y corrieron a esconderse detrás de los arbustos cubriéndose con las frazadas.
Espiaban en silencio tratando de decifrar los mensajes ocultos en la música.
Inesperadamente apareció en el horizonte un resplandor majestuoso que con singular cadencia se acercaba a ellos. Los acordes sonaron más fuertes, avisando a las pequeñas luminarias que como chispazos desparejos iban desapareciendo impulsados hacia la enorme luz. Embobados vieron como todo aquello fantástico se desvenecía frente a sus ojos, perdiéndose en la lejanía.
Debajo de las frazadas los cuatro respiraban aliviados. La caja estaba apenas unos metros delante de ellos pero ninguno se atrevía a acercarse. Finalmente el más osado tomó coraje, de una corrida tomó el libro y de un manotazo lo metió en la caja, luego, sin mucho que pensar lo enterraron entre los árboles. El perro alerta observaba.
Ya en la mañana, algo confundidos y cansados por no haber dormidos, llegaron al pueblo. Decidieron sentarse un rato en la escalinata de la plaza. Conversaban nerviosos y se prometiron no volver a hablar del asunto. De pronto escucharon ladrar al perro que venía corriendo desde el bosque trayendo algo en el hocico, al detenerse lo dejó caer frente a ellos. Se espantaron al ver que se trataba del pequeño libro que al abrirse liberó con el polvo, aquel nauseabundo y misterioso olor.

Susana Scorpiniti
(06/08/2011
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domingo, 21 de agosto de 2011

(40) " Descubriendo a Ana"



Parecía un día como otro, parecía una persona como cualquier otra, después de pasar tiempo con ella, descubrí que algo nuevo para mí había comenzado. Con ella y su charla sutil, sensible y divertida, caminé al encuentro del placer por el mágico sendero de las palabras.
Desde entonces van pidiendo salir una tras otra para convertirse en ecos de todo mi ser.
Sensaciones, emociones y hasta sueños y fantasías, se fueron acomodando hasta quedar inmortalizadas en cuentos.
Dejaré en mi lugar mi perfume y esos cuentos. Quien los lea, después que me haya ido, sabrá que pasé por aquí.
Y la sigo escuchando, y la sigo disfrutando por esto y por muchas otras cosas que no he mencionado, el próximo jueves a las cinco y media, Ana estará esperando.


Susana Scorpiniti
(07/08/2011)



(39) "Colectivos diferenciales"


Hoy comienza a regir en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la nueva ley de Transporte Diferencial de pasajeros. El Grupo Globo lanza la primer a línea Nº 93. Equipada con tecnología de avanzada, aire acondicionado, respaldo con cabezales y más espacio entre los asientos, boleto único para todo el recorrido con pasajeros sentados solamente.
El servicio funcionará de lunes a viernes, comenzando hoy al mediodía, uniendo Plaza Once con Puente Saavedra.
Laureano vive en Palermo y al leer la noticia, consedera buena idea utilizarla a diario para ir a su trabajo. El joven sabía con anterioridad sobre este servicio y ya había arreglado el pago del costoso viático con el dueño de la carpintería donde trabaja.
Al día siguiente se dirige calle abajo hacia la parada del renovado noventa y tres. Cuando lo divisa estira la mano haciendo una seña para que se acerque más al cordón, sube y en lugar de mostrar su pase especia se le ocurre sacar boleto.
A esta hora el colectivo viene medio vacío por eso hay unos diez asientos desocupados, aunque Laureano no se sienta. Como puede se acomoda en un pasamano al final del pasillo, saca un libro y se pone a leer.
Cuando el chofer levanta la vista por el espejo y lo ve parado dice: _ ¡ El joven que está parado haga el favor de sentarse! _ Laureano inmerso en la lectura no escucha.
El chofer levanta la voz: _¡ El joven que está leyendo parado, debe tomar asiento! _.

El muchacho sorprendido contesta: _¡ Disculpe, estoy cómodo en esta posición y no deseo sentarme!_
Palabra va palabra viene, la conversación se acalora de tal manera que el colectivero detiene su marcha y a Laureano no le queda otra alternativa más que relevar el secreto por el cual nunca se sienta.
Disgustado por las exigencias del colectivero y ahora tambien de los pasajeros, tira el libro al piso, se afloja el cinturón y al caerse sus pantalones quedan expuestas dos grotescas patas de palo. Su jefe y amigo el carpintero, se las había tallado y modelado con esmerada tecnología casera y artesanal después de haber perdido las propias en aquel terrible accidente ferroviario.


Susana Scorpiniti
(30/07/2011)

sábado, 20 de agosto de 2011

(38) "La Coca de un pueblo"


Con 82 años la Coca representaba el personaje del pueblo, gruñona y poco comunicativa, los vecinos apenas la saludaban, solo la veían sonreír con alguna travesura de los niños callejeros que merodeaban por los alrededores.

Habitaba una de las casas más grandes de la calle principal. Vivía sola hacía poco más de sesenta años, motivo suficiente para que los lugareños le achacaran más de una historia.
Una de tantas noches, la incesante lluvia caída, había taponado de hojas las alcantarillas, provocando que muchas callejuelas se inundaran, aunque para Coca era como cualquier día, salió temprano esa mañana, con botas de goma y una bufanda amarrada alrededor de su cabeza y la misma bolsa de siempre bajo el brazo.
Caminaba hasta perderse de vista por los terrenos que bordeaban las vías del ferrocarril, la veían regresar usualmente a paso lento como a las cinco de la tarde, pasando delante de la iglesia y dejando siempre en el umbral alguna flor para la virgen que recogía en el camino.

El Padre Damián, párroco del pueblo, la consentía como si fuera su propia abuela. Tiempo atrás la había seguido, descubriendo como y con quienes se acompañaba durante casi todo el día. Desde entonces y en secreto, vigilaba sus pasos sin que ella se diera cuenta.

Al comenzar la semana, el cura partió hacia un pueblo aledaño para atender asuntos familiares, ausentándose por algún tiempo, dejando a un asistente en su lugar.

La lluvia continuó durante varios días, debido al barro nadie transitaba por las veredas, los negocios cerraron a la hora de la siesta y no volverían a abrir hasta la mañana siguiente. Las calles quedaron desiertas, solo se escuchaba el alboroto de los chicos corriendo hacia la escuela, las campanas tocaron las siete.
El padre Damián volvía al pueblo después de cinco días. Desde temprano se paró en el portal para ver pasar a la anciana, pero la Coca no pasó. Se hicieron las nueve y empezó a impacientarse, decidió entonces correr hasta la casa.

Por lo que vió en el porch al llegar, supo que la abuela hacía días que no salía. Los perros que vagabundeaban por las vías abandonadas y a los que ella a diario alimentaba, supieron horas antes, que al mediodía partiría en su último viaje y quisieron estar a su lado para despedirla.


Susana Scorpiniti

(30/07/2011)


sábado, 16 de julio de 2011

(37) El Viaje de Lorenzo


Sin poder disimular el intenso dolor de muelas que lo tortura desde hace tres días, Lorenzo sube al consultorio del 5º piso.
Al bajar del ascensor y luego de golpear una sencilla puerta, es recibido por Berta, la asistente del odontólogo quien lo invita con una sonrisa, a tomar asiento en los sillones de la sala.
Cuando queda solo y en silencio con su padecimiento a cuestas, se relaja para sentir algo de alivio. Elige el sillón más grande donde poder desparramarse y estirar mejor los brazos sobre el respaldo, acomodando su cabeza hacia atrás.
El deseo de sacarse los zapatos cruza su mente. Distraído mira el reloj que marca las tres y media de la tarde.
En la pared frente a él se muestra un enorme almanaque con la fotografía de un tigre destacándose en la penumbra de la selva.
Los ojos entreabiertos de Lorenzo observan la escena, mientras una extraña neblina lo va envolviendo.
Cuando sus párpados terminan de cerrarse, su rostro relajado ya no refleja dolor, la luz de su realidad se apaga. Ya dormido viaja solo atravesando el tunel de los milagros, arrivando de improviso al lugar donde la fantasía queda atrapada en medio del amanecer y el crepúsculo. Lorenzo se sorprende al verse sentado bajo un árbol, de noche, vestido con el uniforme azul de la escuela y la mochila cargada de libros todavía colgando de su espalda.
La luna llena ilumina el claro del bosque nutriendo la inspiración de los cantores de la noche. Comienza a caminar, extraños senderos se abren a su paso, los árboles se agitan dándole la bienvenida como si fuera un nuevo huésped en la espesura. Súbitamente un sonido desentona la calma.
Quiere comprobar de que se trata, pero la niebla que cubre la jungla se hace cómplice del místico paisaje desorientando a Lorenzo que no logra entender lo que sucede.
Su corazón palpita desconfiado, acelera el paso. El retumbo, ahora más cercano, lo despista, la adrenalina lo invade. Las hojas secas crukiendo y chasqueando detrás de él lo alertan. Aterrado, comienza a correr utilizando sus brazos como remos para apartar las ramas que golpean su cara. De repente el sonido se mezcla con el susurro de un río que aparece frente suyo. Ve que un enorme tronco lo atraviesa, se apresta a pasar a la otra orilla. Le cuenta mantenerse firme, el tronco se arquea lentamente, trastabilla y cae. Un enorme árbol, arrastrado por la corriente se acerca peligrosamente a él en el torbellino. Sin pensalo mucho, convencido de su oportunidad, se aferra a una de sus ramas, comenzando la loca travesía río abajo, llevado por la correntada. Sin poder distinguir la orilla, solo piensa en patalear de manera constante lo más rápido posible, rogando en voz alta que sus piernas no se acalambren.
A su alrededor otros troncos y piedras entorpecen aún más el accidentado viaje. Sus piernas y brazos golpean contra todo lo que el agua arrastra con furia. A la deriva, con mucha fortuna, que da medio enredado en la maleza de un recoveco. Sin dudarlo y como puede, sube la cresta y empieza a caminar por la orilla barrosa.
La mochila ya no cuelga de su espalda y su ropa son ahora harapos mojados. Presiente que no está solo, que nunca lo estuvo. Vuelve a recordar aquel chasquido de hojas secas y se detiene. Mira hacia atrás y lo que ve lo aterra. Los ojos verdes , como esmeraldas, de un enorme tigre, están mirándolo fijamente. Ahora entiende que la carrera por su vida recién comienza y que trepando a cualquiera de los árboles tendría alguna oportunidad.
Con sus uñas ensangrentadas y la mirada del feroz felino clavada en su espalda, logra encaramarse al primero que encuentra. Lorenzo se rinde estenuado por tanto esfuerzo. El tigre, sorpresivamente, hace lo mismo, durmiéndose a los pies del árbol. Pero un malestar sigue incomodándole, algo no está bien. Una mano le sacude el hombro. Una voz le susurra al oído _ ¡Lorenzo, Lorenzo...el doctor te espera...!. Al abrir los ojos y levantar la mirada, los ojos verdes, verdísimos de Berta, como esmeraldas, están mirándolo fijamente.

Susana Scorpiniti
(12/07/2011)

viernes, 15 de julio de 2011

(36) "Amiga..."


Es Domingo y son las siete. Aún estoy en pijamas, el café se enfría en la taza mientras mi cabeza da vueltas alrededor de un solo pensamiento.
Que suerte el estar contigo, amiga, aunque no te tenga cerca. Este momento a solas me alienta para contarte, acaso, de esta agonía que me oprime.

Hace un rato salí al jardín a cortar rosas frescas para tener en la mesa. Son del rosal que me regalaste en mi último cumpleaños, cuando viajaste hasta aquí para visitarme.

Desde hace meses no soy la misma, amiga, el tiempo avanza y no soy capaz de detenerlo. Por eso debo decirte que fracasé como amiga. Que tus sospechas son reales, tan reales como el mal que me consume. Y tan dañino como el aroma de ese amor que insolente toca a mi puerta cada viernes a las nueve. El mismo aroma que cuando ya estás dormida, se acerca a tu cama cada viernes después de medianoche.

Susana Scorpiniti

domingo, 10 de julio de 2011

(35) Había una vez un faro...


Una vez más a las siete de la tarde las luces del faro se enciendieron como milagro cotidiano. Aunque sucedía frecuentemente, era un misterio para los pobladores porque nadie lo habitaba.
Los mismos vecinos se encargaron de hacer rodar la leyenda, para algunos chistosa, para muchos aterradora y tentadora para los turistas quienes al atravesar el viejo camino descubrían los carteles del Faro Encantado.

Mr. Smith era el nuevo Alcalde del aburrido poblado, un inglés alto y sesentón con cara de pillo simpático, quien decidió sacar provecho de la mística y antigua construcción. Con tal fin envió a sus colaboradores a investigar. Fueron al almacén del Rosendo, a la pollería del flaco Ernesto y hasta la farmacia de los gallegos García. La idea era interiorizarse de la historia completa, con la pizca de humor o terror que cada vecino se encargara de agregarle. Además de las luces que se encendían solas, algunos fantaseaban con sombras que recorrían las ventanas, otros con llantos y risas de niños.
Dos semanas más tarde comenzaron las obras de remodelación ordenadas por el Alcalde. Se sumaron escenario, orquesta y una enorme parrilla. Mr. Smith sugirió además instalar cierta iluminación disimulada detrás del faro ya que los dichos de pueblo no siempre son confiables. Se repartieron volantes, se comentó en las escuelas, se avisó a los periódicos.
El veinte de noviembre el faro sería proclamado Monumento Histórico. Todo estuvo listo para el 80º aniversario de la Fundación del pueblo. Ese mismo día al amanecer la gente se fue acercando a conocer por dentro las instalaciones. Sin embargo la mayoría llegaró temprano para aprovechar la kermese con bebida gratis que inteligentemente organizó la Alcaldía con un costo de entrada de cincuenta pesos. Mr. Smith estaba ansioso, aumentaría las arcas del pueblo y la suya propia.

Temprano por la tarde el inglés se calzó su traje nuevo y solo en su habitación frente al espejo comenzó a gesticular mientras repetía varias veces el discurso. Cuando llegó la hora partió hacia el predio acompañado por una fanfarrea con acróbatas, payasos y la música de un circo de gitanos que había contratado en una aldea cercana.
Mientras una multitud lo ovacionaba subió por las escaleras interiores apareciendo en el último balcón saludando con las manos en alto.
En medio de los aplausos empezó el discurso diciendo: _¡Señoras y Señores aquí presentes! Hoy estamos aquí presentes para...! _de repente extraños llantos de niños salieron por los altoparlantes a todo volumen sin que nadie pudiera escuchar lo que el Alcalde decía. No obstante Mr.Smith entusiasmado seguía leyendo, la gente confundida murmuraba. Mr. Smith seguía leyendo. Los llantos que alocadamente se escuchaban por los parlantes cerca de su cabeza, se mezclaron con las carcajadas desfachatadas de los lugareños quienes junto a los gitanos disfrutaban de la descontrolada fiesta. Mr. Smith seguía leyendo aunque su garganta ya no lo acompañaba.
Abrumado por el ruido, el miedo, los lamentos y las risas, sintió sorpresivamente, como una fuerza extraña y poderosa lo absorbía de nuevo hacia adentro haciéndole soltar la hoja del discurso que con el viento sobrevoló la aldea .

Con los gitanos bailando, el acohol como invitado y la gritería de fondo, nadie se acordó de las luces milagrosas, menos advirtieron la ausencia del Alcalde.
A la mañana siguiente los titulares dijeron: "Ayer 20 de Noviembre con una fiesta inolvidable, se inauguró un nuevo Monumento Histórico "El Faro Encantado"


Susana Scorpiniti