sábado, 29 de mayo de 2010

(30) " Mi Papá, el herrero del barrio"



Hoy hace tres años que el Ruso, mi Papá, partió. Simplemente lo hizo un martes veintinueve de Mayo subiéndose a un tren hacia la Eternidad, dejando como legado a sus amigos y vecinos, el recuerdo de su carácter alegre, su sonrisa franca y su amor a la vida.

Sus ojos fueron testigos del progreso de su barrio, Parque Chas, dedicándose con orgullo a vestir sus calles con artesanales rejas, puertas y balcones.

Su mayor deseo fue forjar el futuro para su familia. Todo lo hizo con esmero y la dignidad propia de un hombre convencido que su futuro dependería solamente de su propio esfuerzo y así fue que lo logró.


Susana Scorpiniti

(29 /05/2010)






jueves, 20 de mayo de 2010

(29) "Los zapatos de Lola cuentan su historia"


Lola ha tenido mejores días que éste en sus cuarenta y tres años. Hoy el sol parece haber discutido furiosamente con el cielo otoñal, dejando que nubarrones acecharan la ciudad trayendo los primeros fríos y envolviendo de aburrimiento su mañana de domingo.Para aplacar el mal humor, decidió buscar algo que hacer sin salir de su casa.

Son las diez y antes que la melancolía le vaya quitando lentamente la energía, la idea de zambullirse en el placard comenzó a pasearse por su mente como algo probable e ideal para este día.

Sin pensar más, se vistió, se calzó y luego de algunos mates y dos medialunas del día anterior queda lista para embestir la jornada. Decide comenzar por uno de los estantes del placard del pasillo que conecta su cuarto con el de Juancho, su hijo. Al abrir la primera puerta, asomaron sus zapatos, algunos cubiertos de polvo, otros opacos y hasta entristecidos por el olvido de su dueña.

Lola los contempla en silencio, como haciéndoles cargo de tantas idas y venidas por la vida. Con ese último pensamiento pone manos a la obra preparando todo lo necesario para regresarles parte de la riqueza y esplendor de aquellos días. Con un brillo artesanal logrado a puro cepillo, mientras tararea una de sus canciones favoritas les hace saber de su agradecimiento por haber estado a sus pies cada vez que ella los ha necesitado.

Par por par, los va bajando del estante, y mientras lo hace va susurrándole a su corazón, los deleites y sinsabores vividos con cada uno de ellos.

Siempre caminaron con ella. Juntos disfrutaron de la gloria, lloriquearon fracasos, se sobrepusieron a las adversidades, a las emergencias del tiempo y se regocijaron de todas sus alegrías. Hasta las sandalias blancas, las elegidas para aquel verano inolvidable, las mismas que más de una vez esperaron solas sobre la arena caliente hasta que ella terminara su caminata playera.

Toma los rojos, chatos y escotados usados en ocasiones especiales quizás por su color llamativo quedaron como al descuido esperando ser convocados para algún próximo evento.

Luego aparecieron los negritos clásicos, junto con la falda negra y la camisa blanca la acompañaron a su última entrevista de trabajo, a pesar de su elegancia no logró ser contratada. Lola recuerda ese día bastante bien, llovía torrencialmente y al terminar la entrevista, debió quitárselos para resguardarlos del agua.

Continúa con los marrones, con plataforma y hebillas, de moda en esos años pero demasiados feos a simple vista, regalo de su amiga Amelia. Solamente los usó una vez y fue en la última reunión de egresadas porque hacían juego con sus pantalones y de paso quedó bien con su amiga que también estaba presente. Al final de la noche, el dolor de sus pies se tornó inaguantable, las ampollas en sus talones dejadas por los feos y odiosos zapatos, permanecían aún en su memoria.

Las botas esperan su turno con actitud reflexiva. Negras y largas, abrigan sus piernas hasta la rodilla en invierno. Hacen que luzca esbelta y segura, nuevas y sin historia fueron adquiridas en una barata al término de la temporada pasada.

Lo último que apareció en el estante fué una caja negra con inscripciones en letras blancas que decía: “Todo para las Novias”. Lola recordó inmediatamente los zapatos blancos que había usado en su boda y que por alguna razón quedaron allí, tan olvidados como los días felices que pasó junto a su marido durante aquel fugaz matrimonio. Decidió no husmear y dejar la caja en el mismo lugar.

Sabe con certeza que los senderos recorridos con cada uno de sus zapatos quedaron atrás y que ya no volverá a pasar por ellos.

Es una tarde distinta, recordando y reviviendo tantas escenas, subiendo otra vez de sus zapatos, decidió que ya era tiempo de salir en busca de algunos pares nuevos y prepararse para emprender aquellos desconocidos e insospechados paseos con que la vida sin previo aviso la atrapará.


Susana Scorpiniti

(20/05/2010).

domingo, 25 de abril de 2010

(28) "El Patio"


El ruido inconfundible de la pelota desinflada rebotando sin pausa, le avisa a Sara que Edgardo ya está impaciente en el patio.

Son las nueve y media de la mañana en el primer día de verano de mil novecientos cincuenta y seis, poco falta para su cumpleaños numero seis. Sara ya está lista para bajar, parada en el primer peldaño de la escalera de cemento gris, protegida con una baranda media despintada que desemboca en el gran patio de la casona.

Alrededor de las diez, el patio recién trapeado se ve limpio muy limpio y aunque los rayos del sol pretendan iluminarlo, sus baldosas deslucidas no pueden ocultar el desgaste del tiempo.Solamente parecen revivir cada mañana cuando las risas de Sara y Edgardo estallan en ellas correteando después del desayuno.

Así sorprenden a un par de gorriones reunidos en un charco olvidado cerca de una rejilla. así también despiertan a la tortuga que habita en un cuadrado de tierra bastante sucio que hay más adelante.

Edgardo consigue la pelota y con el mismo método eficaz y persuasivo de siempre convence a Sara, para ser la primera en recibir los contundentes pelotazos que la consagrarán como la heroína de esa mañana. Confiando plenamente en el éxito asegurado vaticinado por el dueño de la pelota, dos años mayor que ella, se prepara en el rincón del lado izquierdo, pasando la puerta marrón descascarada que da al pasillo de salida, único lugar seguro sin vidrios en peligro.

Con los brazos abiertos, echada hacia adelante, rodillas flexionadas, se concentra en el balón y en el pie de su primo Edgardo, quien con sus 8 años cumplidos y sin medir fuerzas ni palabras, arremete con el primer pelotazo. Sin misericordia y burlando el espacio y las pequeñas manos de Sara festeja con un ensordecedor grito, el primer gol de la jornada. De la misma manera llega el segundo y hasta un tercero, dejando a Sara entre frustrada y confundida, aceptando que la consagración andaba cerca aunque no se hizo efectiva ese día. Simplemente por un resbalón del destino su gloria quedó registrada para la mañana siguiente después del desayuno.


Susana Scorpiniti

(25/04/2010)

miércoles, 24 de marzo de 2010

(27) "Dos Pasiones"



Desde hace cinco años antes del amanecer el hombre espera apoyado en el balcón de su casa, como en puerto abandonado, la llegada de un viejo carguero trayendo los sueños perdidos. Eugenio, alrededor de setenta años, con su cabeza color de luna, observa el despunte del sol en Lago Escondido.

Recorre con su mirada el horizonte: las fachadas despintadas, los jardines resecose infértiles, poco atractivos para que cientos de mariposas vuelvan a retozar en sus canteros. Las calles, áridas y terrosas, de un color indefinido, y al final del pueblo, la torre de hierro de la vieja fábrica, la misma que después de traer al poblado orgullo y prosperidad, en solo veinte años, dejó en su retirada desolación y tristeza.

La soledad de Eugenio comienzó hace veinte años cuando la Algodonera de Oriente cierró sus puertas, dejando sin trabajo a tres cuartas partes de la población, convirtiendo a Lago Escondido en un villorrio enterrado en su propio pasado. Solo quedan hoy suspendidos en el tiempo, los vecinos viejos como parte del paisaje.

Escabullida entre tantos jóvenes que escaparon en busca de oportunidades en la gran ciudad, estaba Flor, la hija de Eugenio, rebelde con o sin causa, un espíritu libre y lista para cualquier acción. A pesar de todos las súplicas de su padre, partió un día con rumbo desconocido, con la promesa de escribir en cuanto le fuera posible. Dejó bien claro que solo regresaría cuando toda la pasión que su padre siente hacia el pueblo sea suficiente para teñirlo de blanco y volver a pintarlo, cuando con la misma pasión corran lágrimas suficientes para humedecer la tierra, dibujar la sonrisa en los rostros de los viejos de la plaza y hacer que el mejor maestro de la gran ciudad se acerque para iluminar la mente de los niños de Lago Escondido.

En un intento por sobreponerse a su dolor, de tanto en tanto Eugenio pasaba por el bodegón de Don Mario, en la calle principal frente a la plaza, lindando con el almacén de ramos generales del gringo Antonio, a conversar con algunos vecinos. Le han comentado que está por llegar una reconocida Bióloga de una importante empresa, para realizar estudios en la zona, la construcción de una nueva represa es un hecho y se abrirán mil quinientos puestos de trabajo para la región.

Muchos años han pasado desde aquel amanecer ensombrecido. Como única foto quedó en la mente de Eugenio, antes que las lágrimas empañaran sus ojos, la polvareda levantada por la camioneta que se llevaba a Flor.

Esta mañana, como otras, con la taza de café humeando en una mano y tres bizcochos en la otra, sale al balcón. Amaneció claro. El sol de Otoño tuvo bastante que ver en eso. mientras tanto el viento se ocupaba de empujar la neblina sucia alejándola del caserío.

Apenas terminando el café, ya casi por entrar nuevamente a la casa, sus ojos se hunden en el horizonte, el sol lo encandila pero no puede impedirle ver a lo lejos un vehículo que se aproxima a gran velocidad, levantando una gran polvareda. Logra divisar una camioneta azul eléctrico tan brillante que ni el misma cielo podía opacarla. Faltando escasos cincuenta metros para pasar por la puerta de su casa, que en contraste luce antigua y deslucida, dejando al descubierto la soledad y la tristeza de su dueño, detiene su marcha. En su interior ve la figura de una mujer con gafas oscuras al volante y un acompañante. La mujer desciende, encaminándose hacia la puerta de la casa, golpea delicada pero insistentemente.

Eugenio, nervioso, se apresura a bajar la escalera lo más rápido que puede, trastabillando en los últimos escalones. Al abrir la puerta se encontra con la muchacha parada en el porch. En silencio se quita los anteojos y dice _¡Hola Pa, solo fue el tiempo que me tomó reunir las lágrimas necesarias para humedecer esta tierra, comprender la pasión desmedida que te une a este pueblo para que juntos volvamos a pintarlo.!_


Susana Scorpiniti

(24/03/2010)

domingo, 14 de marzo de 2010

(26) Ocurrió un domingo y olía a jazmines.



Conseguir empleo en el mejor periódico de la ciudad, es un sueño que a no todo periodista se le hace realidad. No es este el caso de Angélica Darragueira, quien está siendo entrevistada para su primer trabajo importante como columnista.Todo esto sucede en el 5º piso del edificio donde funciona la oficina de Recursos Humanos del diario “La Legión”, número uno de esta moderna metrópolis, con un currículo muy interesante, un carácter elocuente y buena presencia. La respuesta no se hace esperar y esa misma semana es aceptada por la empresa que le otorga credenciales especiales para moverse con mayor libertad.

Angélica comparte con una amiga un modesto departamento en el lado oeste de la ciudad, entendiendo que debe ahorrar primero para poder independizarse.

Tiene 32 años, pelirroja con rulos al viento, delgada y coqueta. A los dos años fue adoptada por un matrimonio de clase media, Marta y Manuel Darragueira convirtiéndola en el centro de sus vida. Fue educada con cierta libertad y le enseñaron a vivir con la dignidad necesaria para dejar huella en todos los que la conocen. La profesión que eligió es la que mejor le queda, cuentan sus amigos.

Vivió su niñez y adolescencia en un pequeño pueblo, insignificante en el mapa pero incomparable a otros por la grandeza de sus vecinos de los que tanto habla Angélica. De hecho su adopción se realizó por intermedio de un convento antiquísimo del lugar, donde las monjas la recibieron con días de nacida.

El Sr. Darragueira era en aquel entonces el encargado de dar mantenimiento a las instalaciones además de cuidar del jardín. Una de tantas mañanas fue llamado muy temprano para realizar tareas de emergencia y al asomarse al patio, pudo ver a la Madre Superiora y a una bebé de apenas un año aprendiendo a caminar en el sendero central entre los jazmines plantados por él mismo. Lejos de imaginar que su trabajo, de alguna manera adornaría con color y perfume los primeros pasos de Angélica, la misma pequeña que con rulos despeinados y ojos como espantados, lograría en corto tiempo conquistarlos.

Después de sus primeros tres grandes coberturas y premiada por el dueño del diario con un dinero extra, renta su primer departamento. Angélica conoce bien el placer de vivir en una casa donde el olor a flores frescas sobresale de los otros aromas por eso nunca faltan los jazmines en el pequeño jarrón de cristal que le regaló su madre para este fin.

El 21 de setiembre de ese mismo año. domingo, al levantarse y mirar el día por la ventana de su cuarto, le llamó la atención ver a dos muchachas en la vereda de enfrente trabajando en la inauguración de una pequeña florería, decidió vestirse rápidamente y ser la primer cliente.


Al entrar al local sobre el pequeño mostrador, observa una copa con jazmines y de espaldas una de las muchachas dando los últimos toques a la estantería y que al darse vuelta se sorprende de una manera poco usual. Angélica pregunta si la conoce de algún lado, la joven responde entonces que el parecido con su compañera era increíble, como dos gotas de agua. Le pide que no se vaya hasta que ella regrese y comprobar tal semejanza.

Llega Mariné y sus ojos se tropiezan con los de Angélica, quedando ambas presas de una situación de asombro tan particular que seguramente no volverán a repetir en sus vidas.

Como buena periodista, trata de usar su experiencia pero muerta de curiosidad arremete con su lado espontáneo invitando a Mariné a tomar un café en el bar de al lado.

Así comienzan a fluir los más estremecedores detalles y episodios de dos pasados rodando sobre el mantel de cuadritos rojos y blancos que cubre la mesa pegada a la ventana del viejo café. Justo cuando el sol aparece iluminando los idénticos rostros que Dios diseñó y poniendo a la vez la calidez necesaria que el momento requiere.

-Bien, Mariné déjame decirte que nuestras caras y contextura física no son lo que se dice similares, son exactamente iguales y debemos investigarlo!-comienza diciendo Angélica y continúa relatando su adopción desde el Convento de las monjitas de su pueblo natal, tal cual como se lo contaron sus padres.

Mariné comienza su relato y ante la sorpresa de Angélica, cuenta que ella también fue adoptada aunque el camino recorrido fue muy diferente, en la travesía fue acompañada por dolor y soledad, palabras que la joven periodista no conocía aún.

Cuenta que sus padres, de nombres Martina y Marcos Gorostiaga, murieron en un accidente de avión, cuando ella tenía seis años. Su abuela materna vino de España luego del accidente para hacerse cargo de su nieta. Ella fue quien le contó una tarde paseando por la playa que Martina y Marcos no eran sus padres biológicos, pero también le dijo que no sabía como y donde había sido realizada la adopción. Las dos vivieron en la gran ciudad hasta el día que su abuela murió, cuando Mariné cumplía veinte años.

Angélica le sugiere a Mariné volver al convento de su pueblo, intuía que allí estaba la respuesta esperada por las dos. Primero pasan por la florería y después de participarle a Marcela lo charlado en el café, parten para Brandsen en la camioneta de Mariné entusiasmadas de encontrar el comienzo de una historia impensada hasta este día.


Por ser domingo la ruta casi vacía acompaña la ansiedad de las dos muchachas, que a cada rato se miran comparándose hasta las pecas que tienen en las manos, las orejas pequeñas, el pelo rizado del mismo color rubio rojizo.

Después de dos horas y con Arjona sonando todo el viaje, llegan al pueblo y aunque los padres de Angélica viven allí, deciden ambas ir directo al convento. Tocan la puerta, una joven las atiende y al preguntar por Sor Emilia, la Madre Superiora de esa época, son invitadas a pasar y esperar en el hall de entrada donde una mesa con un vasija de barro saturada de jazmines perfuman el ambiente dándole un toque conocido para ellas. Se enteran que por sus años ya está retirada y generalmente descansa en su habitación la mayor parte del día, de todas maneras alguien se encarga de avisarle sobre la visita de las jóvenes.


Al cabo de un rato Angélica y Mariné son invitadas a subir al cuarto de la anciana y cuando las ve a ambas juntas se acerca tambaleando, les toma las manos y con vos pausada les dice,-Sabía que El Señor me haría este regalo antes de partir, la pena fue muy grande, cuando fueron separadas-,

Nunca pudo entender como un juez se había equivocado tanto interpretando la ley, la orden de un juzgado no le dejó alternativa a la hora de entregar a María Inés a una semana de nacida. Angélica en cambio, quedó con ella hasta que los Darragueira la adoptaron. También les contó que la madre, se llamaba Carmela y que había muerto cuando ellas nacieron.

Antes de partir, Angélica enseña a Mariné el jardín que su padre todavía cuida y donde la vio por primera vez. Curiosamente también ocurrió un domingo y olía a jazmines.


Susana Scorpiniti
(14/03/2010)

viernes, 5 de marzo de 2010

(25)"Un Amor en Libertad"(La historia de Malvina y Vittorio)



Rodeado de montañas, Valle Grande, es una pequeña localidad brasileña al noroeste del país y alejada de las grandes ciudades, el lugar adecuado para que una familia adinerada, los Gómez Beltrán, llegaran sorpresivamente para instalar el zoológico más pintoresco de la zona.

Varios cargamentos de animales jóvenes fueron llegando al predio en el término de cuatro meses, nadie sabía de donde venían hasta que alguien investiga; es justamente Malvina, asistente de Carlos Luis, el veterinario quien también llegó desde lejos para hacerse cargo de su puesto mucho antes que el lugar se abriera al público. Después de algunas preguntas que la ayudante se encarga de hacer al joven veterinario, se entera que todas las crías recibidas, fueron rescatadas en una zona inhóspita al norte de Colombia donde las autoridades detectaron un criadero clandestino de animales salvajes para ser vendidos.

La obra de los Beltrán entusiasma a Malvina que pide participar más activamente en la vida y el bienestar de los huérfanos. El programa es costeado completamente con el dinero de esta familia , sumando el amor incondicional de los cuidadores, quienes dedican gran parte del día y de su vida.


Malvina tiene 25 años, brasilera de pelo oscuro y casi siempre corto, shorts, remeras y zapatillas son parte de su atuendo los siete días de la semana, sin distinción de días festivos ni siquiera los domingos para ir misa. Ama a todos los animales desde que era niña pero aquí se encuentra con Vittorio, un pequeño gorila de quien se responsabilizó desde el primer día que llegó, encariñándose de manera no muy conveniente en estos casos ya que los animales luego de cierto tiempo, son liberados en su habitat natural.

Los días transcurren sin pausa en la vida de Vittorio, siempre cerca de Malvina donde nunca falta la comida ni los juegos de ingenio que tanto disfrutan ambos, solamente a la hora de dormir, el pequeño vuelve a su jaula.

La finca además de estar cercada por un grueso tejido para proteger a los lugareños en caso que en un descuido algún animal escapara de su jaula y justo detrás de esa protección se eleva una arboleda gigantesca que da sombra al lugar, aunque el calor de esta época no perdona por eso la hora de la siesta es sagrada para los trabajadores.

Un mediodía mientras todos descansan, un grito de socorro se escucha muy cerca, a través de la habitación donde dormita Malvina que de un salto se asoma y sin poder aceptar lo que sus ojos ven, salta por la ventana clamando por ayuda. Un verdadero infierno se está desatando en el área de las jaulas y corrales, enormnes llamaradas que impulsadas por el viento caliente, comenzaban a propagarse al encontrar a su paso al galpón usado como consultorio veterinario, seguido del depósitos de alimentos y para empeorar la situación, neumáticos y tambores de combustibles usados para las maquinarias y vehículos de la finca estaban contiguos.

Se desata el caos, los Beltrán en pleno, los lugareños, Malvina, todos gritando y corriendo, conectando las mangueras de emergencia dirigiéndolas especialmente hacia las jaulas refrescando a los pequeños casi ahogados con tanta humareda y poder liberarlos antes que el fuego los cubra. Vittorio fue uno de los primeros, asustado y confundido corre a esconderse debajo de los bancos grandes dispuestos en el porch frente a la casa observando todo, dando saltos, tapando y destapándose sus ojos, mientras trata desesperadamente de reconocer entre tanta gente yendo y viviendo, la figura de su amiga Malvina pero no se atreve a salir de su escondite sin ubicarla entre tanta gente y poder aferrarse a ella como siempre lo hace cuando algo lo asusta.


Al cabo de tres o cuatro horas de lucha constante, sujetando entre varios las gruesas mangueras para contener el avance de las llamas y cuando muchos están pensando que sin la ayuda del Señor todo parece inútil, el viento cambia inesperadamente. Un espeso manto violáceo se está acercando a la zona carreteando desde el sur, como si ángeles vinieran empujando, abriéndose paso hacia el lugar donde la desesperación aguarda un milagro. Es en este momento cuando bendiciónes en enormes gotas y brisa fresca obligan al cielo a abrirse dejando caer como torrente, el agua contenida por meses en este angustioso día.

Alrededor de las siete de la tarde, cuando parece que todo se había calmado y los cuidadores ya casi tiene a todos los animales descansando, los chillidos y sacudones de Vittorio los ponen en alerta nuevamente, tratan de calmarlo sin comprender bien que le pasa.

La Sra. Beltrán está en el porch de su casa sentada en uno de los escalones de la entrada observando la escena cuando de repente se da cuenta que no ha visto a Malvina desde hace largo tiempo. Se empieza a preocupar participando a su esposo. Todos coinciden en haber visto a Malvina por última vez antes de la tormenta. Ya son las diez de la noche y en la oscuridad la búsqueda se complica, el Sr. Beltrán organiza entonces a los cuidadores de manera tal que en abanico puedan desplazarse mejor abarcando todas las áreas.

Al cabo de dos horas , cansados por el ajetreo de todo el día, vuelven tristes y apesadumbrados y Malvina sin aparecer por ningún lado. De repente Pedro el más vaqueano de los hombres, se le ocurre una idea y se la participa a Don Beltrán quien además de cansado por tantos problemas no puede soportar la idea de que algo terrible le hubiera pasado a Malvina y al escuchar lo que el cuidador le sugiere, dice:-¡Suelten a Vittorio y tráiganlo para acá, él nos va a ayudar a encontrarla, sabe donde está por eso no para de chillar!-

Cuando Pedro se acerca a la jaula, lo encuentra aferrado a los barrotes, tratando de arrancarlos para poder salir y en cuanto le abre la puerta, sorprendentemente y de un empujón, aparta al hombre de su camino bruscamente en una actitud desconocida en él.

Desesperado corre hacia la arboleda semidestruída por el fuego y la tormenta, todos lo siguen detrás, hasta la Sra..Beltrán saca fuerzas y se une al grupo. Al llegar al lugar, lo ven al joven primate, entre saltos y gritos, tratando de mover pesadas ramas de unos de los gigantescos árboles tumbado en el lodo que las intensas lluvias dejaron atrás y cuando logran enderezarla se encuentran con el cuerpo de Malvina que apenas respira.

Entre todos la llevan dentro de la casa para los primeros auxilios que el veterinario practica sin dudar ni un segundo. Los ojos vigilantes de Vittorio observan a través de la ventana, tomado de la mano de la Sra. Beltrán, a quien obedece cuando la joven se ausentaba

Lamentablemente, Malvina no despierta en la mañana, las heridas en su cabeza eran más graves de lo esperado y el humo en sus pulmones empeoró el cuadro impidiendo su recuperación, a las nueve de la mañana, Carlos Luis, el veterinario quien no se había separado de la joven en ningún momento, toca la puerta de la finca para dar la triste noticia.

Malvina era muy conocida en el lugar y después de su muerte, se supo muchas cosas más de ella con respecto a su infinito amor por los animales desvalidos o huérfanos, como la obra que lleva a cabo esta familia. Se decide entonces colocar en la entrada de la casa, una placa de madera tallada a mano por los mismos cuidadores que dice:”Aquí se recuerda a Malvina Morán y su amor por los animales”.

El día posterior al funeral, la Sra. Beltrán le pide al veterinario que la ponga al tanto de todo lo relacionado con Vittorio. En los últimos días no se había alimentado y su depresión por la ausencia de su progenitora estaba preocupando a todos los que conocen el carácter alegre y dicharachero del joven gorila. En poco tiempo la señora toma las riendas del asunto con la ayuda de Carlos Luis y en un mes después de mucha paciencia, logra instalarse completamente en la vida cotidiana del animal.


Los días y los meses transcurren en la finca, Vittorio ya tiene tres años y le encanta trepar a los árboles saltando, subiendo y bajando en busca de frutos para alimentarse, solo también logra llegar al lago artificial a saciar su sed y con entrenamiento y dedicación especial ya esta listo para el gran viaje acompañado por la Sra..Beltrán que no le pierde pisada. El programa, aunque es costeado por la familia, se rige por las normativas del gobierno y está supervisado por la Asociación Protectora de Animales de la región con excelentes informes, en colaboración con una organización especializada en el Congo quienes recibirán sin problemas a estos primates que están en vía de extinción para ser incorpordos a la colonia de gorilas que habitan en el lado este de esas selvas.

Y finalmente el día llega, el 28 de agosto de 1985, la expedición que encabezan los Gomez Beltrán parte rumbo a África. Allí mismo , Vittorio siente por primera vez el aire fresco de la vida en libertad, sin ningún temor y como aferrado al ángel de Malvina se lo ve alejarse sin voltear hasta perderse en la selva para siempre.


Susana Scorpiniti (05/03/2010)

sábado, 20 de febrero de 2010

(23) "Lágrimas de un guerrero"




El éxodo de su pueblo fuera de las praderas fértiles de Montana, devastó su alma, con su traje blanco, su corona de plumas cayéndole por la espalda y su pechera bordada, legado de sus ancestros, atuendo que usaba solamente en grandes ocasiones, Red Bird, el último Jefe Sioux por primera vez en sus noventa y tres años, veía partir desde lo más alto de las montañas incrustadas en su tierra, a sus guerreros, mujeres e hijos.
Aquellos mismos hombres que lo habían apoyado por su sabiduría y valentía durante tres generaciones ya no lo escuchaban, sus familias tenían hambre, los niños se enferman y las hierbas que los curaban eran difíciles de encontrar en el crudo invierno, más crudo aún en los últimos años cuando los bosques caían despedazados ante sus ojos quedando vulnerables a los vientos y a la nieve que azotaba mas fuerte cada año.

Los búfalos y ne se acercaban a pastar en sus praderas, esos hombres vestidos de negro con potentes armas y maquinarias minera los ahuyentaron para siempre y hasta los caballos, compañía inseparable y orgullo de todo guerrero también fueron castigados por la hambruna. Solos y confundidos, resignados por la batalla perdida, abandonaban su tierra caminando entre los cañones nevados con la mirada extraviada, en busca del espacio donde poder enterrar su destino.

Por todo esto, por otros imborrables recuerdos que atesoraba en su mente y por la decisión que debió tomar pensando en los más jóvenes en quienes puso toda su esperanza para que la historia de los Sioux sea contada a través del tiempo. A causa de tan magnánimo sentimiento no podía contener sus lágrimas que corrían por sus mejillas resecas por el sol y los años, tratando de aceptar que la misma tierra a la que ennobleció con canciones desde niño lo había abandonado y sus recursos desaparecidos.
Parado en la roca más alta donde rezaba cada atardecer, erguido y mostrando su lanza con su mano derecha levantada, despedía a su pueblo que partía hacia la Reservación más cercana donde vivirían y estarían seguros, durmiendo bajo techo y cultivando sus alimentos en un pequeño huerto.
De pie y con su último aliento, el eco de sus lamentos atravesaron las Rocallosas como queriendo ser parte de las rocas milenarias que yacían en su tierra. Sus plegarias no alcanzaron, sus hombres, aquellos bravos guerreroa que siempre lo acompañaron, sufrían y nadie parecía escuchar.
El había sido elegido con honores por su manera de hacer justicia, por su bravura y su inteligencia a la hora de proteger a su pueblo. Pero fue sorprendido por esos hombres con sombrero, que llegaron y se adueñaron de las praderas, desvaneciendo toda esperanza de reunir a sus guerreros y recuperar las tierras.

Los años transcurrieron vertiginosamente y la Historia del Gran Jefe Indio traspasó fronteras, sus nietos y bisnietos nunca callaron los tambores que siguen retumbando en el corazón de su abuelo. Cada año en época de deshielo y para conmemorar el Día de la Partida, la mayoría sube con sus hijos hasta el pico donde lo vieron saludando por última vez, en la recorrida les van relatando a los más pequeños las vivencias y aventuras del indomable y valiente guerrero RED BIRD.


Susana Scorpiniti
(20/02/2010)