Desde hace cinco años antes del amanecer el hombre espera apoyado en el balcón de su casa, como en puerto abandonado, la llegada de un viejo carguero trayendo los sueños perdidos. Eugenio, alrededor de setenta años, con su cabeza color de luna, observa el despunte del sol en Lago Escondido.
Recorre con su mirada el horizonte: las fachadas despintadas, los jardines resecose infértiles, poco atractivos para que cientos de mariposas vuelvan a retozar en sus canteros. Las calles, áridas y terrosas, de un color indefinido, y al final del pueblo, la torre de hierro de la vieja fábrica, la misma que después de traer al poblado orgullo y prosperidad, en solo veinte años, dejó en su retirada desolación y tristeza.
La soledad de Eugenio comienzó hace veinte años cuando la Algodonera de Oriente cierró sus puertas, dejando sin trabajo a tres cuartas partes de la población, convirtiendo a Lago Escondido en un villorrio enterrado en su propio pasado. Solo quedan hoy suspendidos en el tiempo, los vecinos viejos como parte del paisaje.
Escabullida entre tantos jóvenes que escaparon en busca de oportunidades en la gran ciudad, estaba Flor, la hija de Eugenio, rebelde con o sin causa, un espíritu libre y lista para cualquier acción. A pesar de todos las súplicas de su padre, partió un día con rumbo desconocido, con la promesa de escribir en cuanto le fuera posible. Dejó bien claro que solo regresaría cuando toda la pasión que su padre siente hacia el pueblo sea suficiente para teñirlo de blanco y volver a pintarlo, cuando con la misma pasión corran lágrimas suficientes para humedecer la tierra, dibujar la sonrisa en los rostros de los viejos de la plaza y hacer que el mejor maestro de la gran ciudad se acerque para iluminar la mente de los niños de Lago Escondido.
En un intento por sobreponerse a su dolor, de tanto en tanto Eugenio pasaba por el bodegón de Don Mario, en la calle principal frente a la plaza, lindando con el almacén de ramos generales del gringo Antonio, a conversar con algunos vecinos. Le han comentado que está por llegar una reconocida Bióloga de una importante empresa, para realizar estudios en la zona, la construcción de una nueva represa es un hecho y se abrirán mil quinientos puestos de trabajo para la región.
Muchos años han pasado desde aquel amanecer ensombrecido. Como única foto quedó en la mente de Eugenio, antes que las lágrimas empañaran sus ojos, la polvareda levantada por la camioneta que se llevaba a Flor.
Esta mañana, como otras, con la taza de café humeando en una mano y tres bizcochos en la otra, sale al balcón. Amaneció claro. El sol de Otoño tuvo bastante que ver en eso. mientras tanto el viento se ocupaba de empujar la neblina sucia alejándola del caserío.
Apenas terminando el café, ya casi por entrar nuevamente a la casa, sus ojos se hunden en el horizonte, el sol lo encandila pero no puede impedirle ver a lo lejos un vehículo que se aproxima a gran velocidad, levantando una gran polvareda. Logra divisar una camioneta azul eléctrico tan brillante que ni el misma cielo podía opacarla. Faltando escasos cincuenta metros para pasar por la puerta de su casa, que en contraste luce antigua y deslucida, dejando al descubierto la soledad y la tristeza de su dueño, detiene su marcha. En su interior ve la figura de una mujer con gafas oscuras al volante y un acompañante. La mujer desciende, encaminándose hacia la puerta de la casa, golpea delicada pero insistentemente.
Eugenio, nervioso, se apresura a bajar la escalera lo más rápido que puede, trastabillando en los últimos escalones. Al abrir la puerta se encontra con la muchacha parada en el porch. En silencio se quita los anteojos y dice _¡Hola Pa, solo fue el tiempo que me tomó reunir las lágrimas necesarias para humedecer esta tierra, comprender la pasión desmedida que te une a este pueblo para que juntos volvamos a pintarlo.!_
Susana Scorpiniti
(24/03/2010)






